| Luis Miguel's profileMás palabras para olvida...BlogLists | Help |
|
|
03 January Poemas para leer como si nada
Hela aquí, la última entrega del inédito "Lugares". Que ya iba siendo hora. ¿O no?
XXI
Le nacen al tiempo arenas movedizas que el hombre disfruta. Si mendigase volver, si conservara los brazos aún para dárselos al hijo o manos ateridas para herirse con las flores sobrantes de la acacia. Ha acordado jamás tener que escribir letras con que alimentar la espera, líneas de escritura para extraviarse a capricho. Únicamente gritar las palabras.
Noches de insomnio y cuerpos encerrados. En Las Sepulturas habrá hierbas pisadas, animales del duelo que abrevan allí donde enternece pensarlo, habrá lágrimas también y calas para los que marcharon. Él sabe acertar con las cosas que faltan y el lugar que tuvieron. Camina lentamente y hace frío y se da la vuelta a mirar.
Ahora cree haberlo entendido cerca del humo de las casas, sin testigos y sin luz, en el cuarto donde lo guareció la avaricia. Finge que se asoma y un hombre recuerda su paso por la calle de Atrás, escucha todavía el chillido que pronuncia el arrepentimiento cuando lo aterra y lo llena de polvo.
Es probable que la pared se agriete. Morir para esto, le refiere B., cerrar los párpados para no recobrar la lucidez y aprender las lecciones,
exigua clarividencia.
XXII
Quieren expresarse, se describen los unos a los otros vicios compartidos que algunas tardes fueron tenebrosos y sabían a café igual que el desamor, igual que la helada. En Traslafuente había peligros.
Indagaban tu carne para con ella encender aguzos. Los labios añiles, desangelado el amor y el espía que corre para delatarlo a la hermana y que cumpla el infierno. No vayas muy lejos, que su piel reproduce el espanto tan bien como ayer, si fuiste tenaz sorbe ahora su orina y alivia la sed del gigante.
Trapos viejos para abandonar mientras sueñas la vida, nada de cuanto padeció podrá ser evocado y no serás tú, arpía espeluznante o niño que se burla, el que lee en su rostro aguado por la sal la novela y el dolor.
Noches desiguales, piernas desiguales. Aclárame la voz con esas fresas.
Espetaban en la tierra forcas y que nadie obtuviera el perdón. Si quisieras regresar te cambiarían los cromos, habría más caricias con ella en la casa de Lucio. Para qué, si no, tantas palabras.
04 September Poemas para leer despendolado en el salón
Lo de despendolado del título es opcional, por supuesto. Y lo de leer, ahora que lo pienso, pues también. Los dos textos pertenecen a "Lugares", libro inédito con el que te estoy dando la murga desde hace bastantes meses...
XIX
Asas de cántaro en los huertos congelados. Estaba la reina sentada en su gabineta y vino Gil,
quién fue el incongruente que levantó sus puños para trastornar sin ser visto por ellos, quién la muchacha que con desfachatez inventó la melancolía, a media luz como las faltas del dictado y los crímenes graves.
Pretendían saber, colocaban entre sus muslos el desmedido deseo para no sobrevivir. Constantemente amenazaban con la voz del ausente y los abordaban deprisa: quemar fuyacos para que no los mire con impudor el destino, no los estrague con rabia. A menudo a los hombres les escurría sangre por la boca.
De mala gana trancabas la puerta y escribías el nombre, la memoria es la tinta que nadie ha empleado a no ser para zaherir al demente que lanza la llave muy lejos de todo. En Las Calandras, como entonces, la niña se aferra a la vergüenza por fin y agradece el desdén y el exceso que se posesionan de sus ingles, sin término medio.
Nubes con que entretener el tiempo y figuras que te gustaba discernir en ese cielo grave, el mismísimo Napoleón o una mujer extensa o un salguero caído. Se oye una queja, decrépita, en continuo pasado.
XX
Sin tardanza venía a dar la lata la soledad, se apiadaba de ti desde El Pedazo, se aferraba a tu cuello para que el mayor sortilegio terminase en tus venas. Nada más contiguo al amor que el cuerpo aterido que afanosamente buscaba tu cuerpo, como un irresponsable.
Déjame decirte, a solas con nosotros, el último chisme.
A quién se le ocurre prevenir al vecino inapropiado, los pezones al aire ansiando unos labios, toma mis garras deformes y golpéala con ellas. Guardar todas las fotos, recordar que no eras tú. Recoger la ira y poner a secar la muda que se mojó con la tormenta, decirle que sí a lo que diga.
En La Cañada se amparan secretos que hoy desprenden ternura, pájaros disecados y ungüentos para el sol. Quién iba a dejarte allí solo para que te comieran raposas, al fin y al cabo fuiste uno de nosotros, si tus garrapitos son los mejores, si llevabas mi nombre me parece.
La piel desarreglaba los sentidos, en tu boca el insulto y en su vulva amarguras. Vas a descubrirme, proseguía, se derrumbarán los tejados sobre mi desconcierto, sabrán de mi error. Si con tu dedo indecente me señalas la marca.
20 June Poemas para leer después de santificar las fiestas con natillas
Dos poemas más del inédito "Lugares", porque uno frecuenta sin pensarlo, mejor que sea así, las rutas alternativas a la muerte. No otra cosa es este libro, que si no te lo digo reviento.
XVII
Volver a llamar por su nombre al cansancio. Volver a llamar por su nombre temido al amor con su manera de andar despavorida y tierna, con el ardor que acudía a las yemas de sus dedos después de merendar el chocolate. Moras y brunos para que los malos pensamientos se vayan.
Prefería los ojos perdidos a saberse el verdugo que zarandea los miembros de alguien, un chaquetón verde para cobijar una osamenta de estupefacta brevedad. Volver a llamar por su nombre ridículo a la niña que tuvo que renunciar a ti por otro convento y su piel era serena hasta el final del verano.
Contempla la calle desierta y ocre, él dice voy hasta ahí abajo y el camión de fantasía arranca. La ferrerina aborrece finalmente su nido, mañana la fiesta y en la mesa pulcra el inútil derrame de tías, el pésimo humor. Volver a llamar por su nombre al que no menciona el camino imprescindible para venir hasta aquí.
Nadie sabe dónde están Los Arcos. Los huidos se merecen un habla más bella, acrecientan sin comida su bravura: morir en primavera y que se jodan los guardias. Del mismo modo él repite las consignas al bajar al Saúco y morderle la espalda con exagerada lisonja.
Volver, aunque sólo sea para nombrar la extrañeza.
XVIII
Nada que mantener clandestino a nuestro lado. Te crecerá la nariz y a pesar de ello ninguna cosa le admira, la vida ha calcado tu aliento en el cristal sin huellas y sobrevienen por allí paulatinamente las horas.
Luego el bastio castiga con su mal genio la casa, has soñado en la noche aciaga mientras él divisa la destrucción del poblado con suma cautela, Memé y sus romanos. Ahora le toca a Rivendel ser el paraíso.
Suena la mugre de los días al pisar la grava y regresan a tu rostro las manchas de la edad difusa, si eras el adolescente adecuado ahora él es quien se cansa y se intriga, deposita el mamotreto sobre la mesa, tose.
Fue dulce narrarlo, separaba sus piernas para conmemorar la precipitación, en traje de baño cuando el atardecer fuera impredecible. Deja que sea yo, discurría, el que desaparece ante ti más allá de los besos, en La Collada o frente a un precipicio. Ahora él es el que se encuentra solo.
No hay lluvia ni memoria en el poema. La caja de sorpresas alguien la regalaba al viento.
18 March Poemas para leer subido a un avellano
Prosigue la saga del inédito "Lugares". Cuatro poemas con senderos y más senderos para cruzar y recordar. Aunque sólo pueda ser de oídas.
XIII
Han sido palabras que hace daño admitir, suben a tu casa de entonces con el fin de producirte lástima, o hieren de manera sublime tu carne de niño espantado. Confiabas en la sombra que ciñe el dolorido cuerpo del enfermo para verlo padecer, palabras por doquier con que elogiar tu falta de grandeza.
A pocos minutos, Rinconedo y su chubasco incansable. La calle hermosa con moñicas de una época atropellada y pretérita, nombres de personas que jamás existieron, como el tuyo. Resulta enojoso acordarse de ti por la noche cuando no puedes respirar. Chicas al atardecer y detrás del Lavadero sus pecados livianos, blancos chorritos en la piedra de musgo, cada año los hijos imposibles secándose en la bruma.
Dime que no fue en balde, un invierno tras otro sin el cielo azul y sin el olor de las lilas, dime que fuiste tú quien suplía el afecto con manos destrozadas por el desdén y la cal. Nunca lo apuntará sobre un papel cualquiera.
El mirlo no entiende. Ha vuelto a ocurrir y tu ánimo se encoge al escuchar el sonido, sobres granulados para el sueño y también para la muerte. La lluvia una vez más te abofetea, recorre la misma galería.
XIV
Murias para abarcar la mueca fugaz del horizonte. Contaba estar apesadumbrado, el fuerte dolor que hunde su manita en el alcohol de romero tan frío.Un niño que entra, con su cabás reciente, a la caza de su fiel espectro. En Los Pinos acaecerán aventuras, la ardilla no se dejará hoy coger tampoco, hay leña seca esperando.
Murias de piedra, de esa piedra incómoda que ha servido para reconstruir la vida y desobedecer el vínculo siquiera arrullando la muerte, escupiendo a solas. Los titiriteros, con su frondosa voz del orujo. El niño se disculpa y es vapuleado por la pared en ruinas, dice que ya basta, dice que no es verdad que fuera él el abatido.
Murias con las que encerrar la inocencia o, si no, la desnudez que hubo con labios excesivos. Es la barbaridad que asoma su embozo y se desvanece. En la era de Quinto un sinfín de pedos de lobo, flores de azafrán y abrazos al ganador, un beso con lengua y ahora sí, todo apuntará a lo perdurable.
Murias que respetan el embuste, la diferencia contigo que no estás.
XV
Serán aguas que reflejan sin cejar la misma fábula. El río de Castro, niñas que fueron ahogadas de mentira por un galán excelente. Tábanos, tortollos. Al volver, sin que se supiese, se enconaba contigo el desamor.
Mira por dónde, la senda ocupada por el pusilánime de turno mientras tú maniobras con fervor o laconismo. Al deseo se suma el deseo que no es tuyo, habrá, de hoy en adelante, en sus labios una frase maligna. Si en su cintura el calor mascullaba enormes delirios. Si en su sexo latía el gnomo que arañaba y arañaba sumisamente a los tristes. Son aguas que escuchas fluir como fluyen los meses.
No cierres los ojos. Toda la belleza cabe en un cuerpo dormido igual que el de aquella tarde, como ahora que la despojas con prontitud de la blusa. Toda la belleza casi la has depuesto en tu pupitre, no podrías ser menos cauto, dile que no...
Algún día volverás a merecer similar duermevela, lugares de paso que crees haber visto y no son lugares felices sino en tu corazón. Más lejos todavía, en el extremo más extremo de la tierra, en Campolamoso, qué importa, ya ha debido con pies de hojalata hacerse de noche.
XVI
El cuerpo maniatado también por la abulia, él sólo procuraba remover los objetos que la herrumbre esparció por la casa. Flores de mimosa muy secas, un cuchillo de palo para acabar de una vez y para siempre con Clodo.
Niños descompuestos, registraban el final de la carretera donde no dan fresco las urces al comanche, plumas casi podridas de cigüeña con que invadir este jueves de ratos insólitos. Concluye el tiempo que quedaba, nadie se ha entregado al pasear, su cabellera rubia resplandece de súbito y es gozoso exculpar al amigo. Cada cual que apague su candil al salir de la cueva.
La Carcabén: como en el sueño se entrecruzan los rostros despojados de sueño, su sombra incapaz avanza sin querer entre las ramas y se reclina para presenciar mejor cuanto sucede. Hace frío allí, no han vuelto los tapires, la nieve está sucia.
Yo querría únicamente incumbirle a alguien, decía la voz tenue, hundir mis manos en la ceniza y que recuerde mis manos, poder gimotear a gusto en ella. No existe mayor aflicción que la que te ves obligado a amontonar en las tenadas. Una fecha para saciarse contigo y conmigo, un día espurio de febrero.
27 November Poemas para leer en el momento justo
Otros cuatro poemas de "Lugares", plagados de nombres de andurriales y de personas que se han ido.
IX
Ella pensaba que las nubes provenientes del Sardón eran las peores, arroyos que bajan con furia hasta el comercio de los de Miguel, granizos como puños en el huerto de guisantes de Mimi. Ella pensaba que no podrías marcharte.
Al atardecer, en Valdeluna, se murmuran indecentes palabras, te arrancaré de cuajo si me dejas los brazos. Ella objetaba multitud de vaticinios al amor, separarás mis muslos, te adentrarás en mí y no estaré contigo, vas a multiplicar en mi cuerpo la congoja, el placer y el dislate. Tormentas que persiguen al ñubero lloroso.
El Castillo en ruinas y su desconsolada princesa, ninguno como tú para con nardos lamer sus salivas y por fin sucumbir. Sería en Trascastro una sola vez o de vuelta a casa la enorme aparición. Variaba el color de sus cabellos, sin ropas y quemando sin cesar.
Días y días tachados de la agenda de un dios imbécil. Dentro de su boca habitaba la lluvia, serías el último en andar y el fuego ardía en los pajares o era en tu pecho y su pecho, como embaucadores que ciñen la inenarrable cintura de lo presumible para destruir la irrealidad y hacerle pucheros. Tormentas hermosas...
En la linde cocos relumbrones para esclarecer la noche.
X
Crecen con apremio igual que el tormento, añejas estampas que olvidaron en el baúl los buenos desterrados. Iglesias provistas de chupiteles, no has vuelto a beber desde aquella, te declaras cobarde porque es pequeña la dicha.
Crecen con apremio, una imagen y una imagen que tratan de vosotros y de los que se han acercado a mutilar con su impasibilidad el vagabundo recuerdo, instante de necia servidumbre que golpea las sienes de alguien hasta hacerlo sangrar. A Valdaldón, casi seguro, regresan los lobos. Apenas creerás en lo que entonces creías, mujeres enlutadas que lavaban en presas, niños como tú ocultos en la Arenera Grande para nunca ser encontrados. A veces te contagias de la peor sumisión.
Seguramente estás perdido, los cazadores pregonan las señas de quien falta, el rostro ensangrentado. Miraban sus armas y no eran de madera tampoco. Te pareces tanto a él que me produce pesar, guerreros que han podido ser crueles y cortan gargantas.
Sospecho que es el afilador. No intuyes en tu mano temblorosa su pulso:
extraviarse en los Orrios más tarde para con serenidad fallecer.
XI
Cierra bajo llave los libros antiguos. Se le alcanza a ver viniendo de las huertas sombrías, yace aquí un hombre macilento que debió ser enormemente afortunado. Aborda a la figura que representa lo atroz del crepúsculo. Recuerda una canción que decía amores cansinos y labios encarnados que abrasaban tan bien.
En la Devesa de Valcarce se figuró sin límites, muchacho que conversa con el cuco y la abubilla, que atropa la leña calcinada de Ovidio. Y se masturbará con empeño después. Las gentes del lugar lo llamaban el bobo.
Al volver, ya no existe Olleir. En ocasiones gritaba su dolor para que no lo escucharan, huesos que crujen tanto al rodar, la sangre manando del oído que destrozó el tirador anónimo. Es probable que todavía conste en Las Calzadas su nombre, el nombre impronunciable que calló la muerte.
El niño sentado en la Piedra escucha el avión entre las nubes, su batalla magnífica. Es intensa la niebla y no es verdad lo que dicen. Quería ser él, negro por el humo y a grandes zancadas venir a llamarlo, una mujer desnuda en el camino, no sabes. Tú también lo querrías. Llagas en los pies y pupas severas en la boca.
XII
Desde Oterico a Socil, se ceñirá tu universo a los senderos que cicatrizan para siempre y de par en par la memoria. El espacio que nadie habrá hollado por ti, la fragancia de las sebes fatal e inútilmente quemadas.
Muchachos y un balón desinflado. Techos de cuelmo, allí irían a parar tus adversidades efímeras, señales en tu frente de que has luchado de sobra y de sobra perdido. Muchachos y muchachas de rabilada y alegres, un beso sin enojo y ella no descansa bajo tu cuerpo.
Se apartan de ti las horas magníficas, hoy sucumbes también al desamparo que desordena tus hojas e insulta al que desfila. Justicia y ladrón. No vuelvas a hacerlo.
Es obediencia del que quiere escudriñar el tramposo sonido del amor, anudas sus muñecas al espino que crecía junto al Puente, escribes su apellido para no tener que olvidarlo, te juro que es verdad y no hay caricias capaces para tan grande placer.
Te aguardaban, los niños jugaban a los botes, tu madre cosía sin dormir el vestido muy negro de Celia.
18 September Poemas para leer en voz muy baja
Cuatro poemas más del inédito "Lugares". Por si te apetece, tú que puedes, estirar las piernas y pasear un poco.
V
Únicamente sustraerles la rabia. Atribuirle a él inconfesables conductas, en La Cerra la primera caricia, la frente que abrasaba sin remordimiento ninguno al surgir después la mañana.
En circunstancias normales no debe ser difícil caminar por un bosque que no estuvo encantado, de la felicidad se añade a la nostalgia un matiz peligroso. Disponías del tiempo justo para acabar como los héroes. Es la sombra de aquella sombra obscena y te conoces las migas dulces de su cuerpo como una lección favorable.
Un día más y al ocaso, Prinderos era el mundo que sobraba. Sacaveras o limiacos para constituir un hombre distinto que sería capaz de conquistar el susto. Su falda azul, la hierba interminable de su pelo, la desmesura manifestaba entre sus ingles el grato terror.
Alguien lo supo. Te mereces su odio, diluviará sobre el camino de Ceide y no te haces mayor junto a ella. Desfiguras la sonrisa de entonces, tus piernas las ha rebanado el Hombre del saco. - Que está contenta la abuela Rolindes, no dejes de escuchar la voz que te sume en la infinita congoja.
No permitas que se vayan de noche sin ti ni siquiera a cazar gamusinos.
VI
El argumento roza la barbarie, te has girado a mirar mas sin mirar el clamor negruzco de las pegas. Acontecería acaso en Los Ponticos algún día indeterminado de junio.
Han soñado tu sueño y con serenidad te juzgan de aquello que basta, el amor en cuclillas cuando menos lo esperas, la visión borrosa que brotaba y no brotaba en la noche. No será su rostro ya el que se asoma al frío con tanta insolencia, pide que su boca sufra hasta el final lo que no puede ni debe contarse. Recuerda que tuviste la oportunidad para encontrar el tesoro. Recuerda que no estabas allí para sudar su deseo. Niños que tosen al acudir a la escuela, reposa en la fogarada su escarabajo leal, por qué no has venido. Como pasan las tardes gracias a la déspota voz del que enseña así se fue la vida. Recuerda sus caras, sus energúmenas voces. Es desvaído y no luce más y estás muerto.
Al fin y al cabo no eras tampoco tú el que soñaba, alguien acomodó en tus miembros la maldición y ha llegado a cumplirla, peces de colores para ser enterrados, una vaca de goma y los trofeos del padre.
Apártate de mí, le gruñe en silencio.
VII
A veces lo has ansiado exageradamente y te conformas con volver a imaginar el sitio donde estabas, la edad verdadera de cuanto perdiste. Amabas un cuerpo atisbando desde Las Fuequinas la tarde.
En la distancia ella te informa de que las nevadas no cubren aún, no hay torva como cuando eras pequeño, casi cincuenta años de amor y cincuenta años de olvido. A veces has ansiado la muerte. Doblas tus dedos para que nada malo les suceda fuera de la inmensa soledad.
Abusa de ti la memoria, no ceja en su obstinación de negarte el mínimo consuelo que producen las cosas terminadas: juguetes con óxido, un beso infrecuente, muchachas entristecidas por tu causa. Si quieres mirarlos, van paseando el camino del Ariego sin hablar, él cuenta que un mastín lleva muerto varios días frente a la Utrera y ni da olor de tanto frío como hace.
Crees saberlo. Escenas recogidas en álbum impertinente, los hermanos de nuevo se han tenido que ir, quien te amó declina ahora su aprecio desde la indiferencia extremada, pobre de ti. También le escuecen hoy al amanecer los ojos al añorar pecados, bah.
VIII
Terminada la cena, el visitante se despide. Miseria de noviembre: el vapor inexorable de las lumbres se mitiga, sería necesario marchar deprisa como nunca pues acechan los perros tus pasos para herirte mucho si abandonas.
A menudo caen del tejado de las casas losas de pizarra igual que historias antiguas, es como si regresara la niña muerta a jugar a las tabas. El que siempre se ha roto, el destemplado y grave. No mirabas atrás no vaya a ser que el tiempo incumpliese contigo su promesa o que la noche te tizne la palma de las manos con un hollín sucinto semejante al dolor.
Nadie vigilará mientras el vendaval arrecia, tu hijo está dormido y no suena la música que ella amaba, te mereces la frialdad que ocurre en Valdeollas. Nadie se hará cargo de tu nostalgia, vas a morir de lástima por poco que te apliques.
Cosas que velar, es bueno permitirles a los otros golpear con cólera tu cuerpo, se empapa mejor el hastío y niegas su nombre. El embuste comienza a ser disparatado, se enturbia la voz:
el zapato de charol levemente incorrupto, para colmo, de Aurina.
06 August Poemas para leer a media tarde, por ejemploLo que sigue son los cuatro primeros textos de mi libro inédito "Lugares". ¿Demasiados tal vez? Mejor: así, si lo deseas, pasamos juntos un poco más de tiempo.
I
Sobre Montecorral la lluvia aún no se reconoce, los cuerpos ya marcharon a maravillarse con otros cuerpos únicos y tú deberías volver algún día, con sigilo o con alguna incertidumbre malsana, como extranjero atribulado por el dolor y la niebla, a descubrir y a besar su rostro.
Quienquiera que sea el atrevido que cruce sus dedos ahora como perpetraba en la niñez, para vivir tan deprisa de modo que el pájaro verderín no lo sepa. Observa bien sus manos, no son las de aquel tiempo triste.
Sobre Montecorral las llamas, y sobre su cuerpo frío líquenes, son hábitos con que acercarse al derramado pudor de entonces, al deseo que hoy se cansa de clamar y clamar como el loco que huye de doble sacrificio. Muchachas tendidas sin ropa y ofreciendo su carne sublime al que pasa apurado, al que llega de la ciudad muy lejana.
Deberías ser tú. El extraño que enfermó con ella sin querer, quien desde los desnevios reproduzca todo el infortunio con saliva. A fin de cuentas, el más espeluznante.
II
Lo dice el que menos recuerda, no seas insolente con quien te ayuda a diario a vivir. El que carece de nombre porque se lo han debido de hurtar los búhos un anochecer de no demasiada codicia, no son sus ojos los despreciables ojos del apestado que nos contempla sollozar.
No pronuncies las frases terribles, te apetece su sed mas ignoras el tiempo que le llevó ocultarte el signo de su asombro: en la Linar el ganado dormido o eran los duendes grandes de la siesta, cerca de los muertos y a tu pesar distantes de ti.
En la Tejera Vieja se esconden los niños de Adora. Este tiempo repudiado que hiende tu mejilla sin certeza ninguna.
Y ante todas las cosas, no seas cruel. Tendrías que soñar con la muchedumbre rara o desdecirte aquí mismo, algún día nombrarás lo sublime. Rostros destrozados también por la abulia de un diferente viajero, has visto acrecentar sus sentencias en cuadernos borrados, no podrías ser tú.
Parece que ciertas muchachas se confesaron con él, de bruces zarandeaban su ansia sin manos de niebla, mujeres atadas al roble de Arriba aguardan su gemido. No puedes ser tú, no quieras saberlo.
III
Cada noche un presentimiento enturbia el sinsentido de las cosas, si hasta te daba placer salvar el umbral que separa la vida de varias maneras. Cornellana abajo concluía todo con el lloro intransigente del niño que ahora dicta fatuas palabras y en consecuencia se hará encender la ofendida memoria en el Monte de Acebos.
Cadáveres sepultados en el barro de octubre. Fueron tus amigos, los denostados padres de tus padres, no son sino la náusea en medio de la noche. Purificabais el secreto, no habría suficientes escobas para encubrir el pavor al fantasma.
Y más allá, en la Curva de la Muerte, entre el aborrecible hielo de los inviernos y el olvido, los fusilados. Grabas su nombre en la tabla y has vuelto a mentir. Cualquier día, pensaban de aquella, nos acercaremos otra vez al lugar y nuestros pasos de malhechor bondadoso los entorpecerá la nieve.
Cualquier día, como se embrutece el cautivo de mucho confiar en retornos inútiles, volveremos a irnos. Grabas de forma inesperada su nombre como si te diera pena.
IV
Nadie más apropiado que él para expresarlo. Se le nota en el rostro la luz del augurio, la negra luz que ocupaba el Valle Barreras en otoño después del amor.
Próximo a las urces un hombre fuma su último ducados, cree haber sido feliz lo mismo que un muchacho lúgubre. Nadie como él para contar la derrota que surge de ese pozo, el dolor que hinca sus uñas sucias en la carne y acarrea la desnudez de aquel día hasta arrobarse a solas.
Ha visto trasgos, se le han secado en los labios besos, compone con su voz el apodo absoluto. No pretende descubrir la evidencia y rebosa de espuma su boca.
Debería ser como el que apresuró sin querer la vida de los demás mordiendo con saña su desvelo, tanta ignominia que argüir a esta hora. Detrás de las casonas besaba a las mujeres que apenas resistían y daba gusto no ser generoso, no debes volver, le dice.
Clava en sus párpados un espino muy dulce, arranca de su cuerpo su oscura monodia. Nadie te recuerda.
|
|
|