Luis Miguel's profileMás palabras para olvida...BlogLists Tools Help

Blog


    28 October

    Es verdad y apenas tienes ganas

     

    Todo está oscuro, la calle y las mejillas, la lluvia y la ventana desde donde acecha el muchacho.

    Parece que el tiempo exige inmediatez y recorre los territorios con enojo, con un cuerpo sutil y enclenque se hartará de aquello que se acaba. Alguien vigila desde ese lado opaco de las cosas.

    Si fue él quien destruía tantas mañanas con un soplo amargo de azulete, o era el vencedor que resguarda su presa y la defiende del otro, el verdadero e irascible. Un muchacho contempla en silencio el vuelo quejumbroso de las aves.

    Ayer era un presagio que se escucha con nostalgia y lo recuerda perfectamente ahora. Este niño y su balón de trapo, y su animal de goma, y su llanto tal vez de colorines, y su fiel tristeza, y su olvido que debe de ser agotador.

    Aún no es oscuro el cielo de la noche y antes todavía, antes de que él viniera a la casa, se le obligaba a pedir un deseo y que se fuese el suplicio.

    Que nada se interrumpa, que se oculte la calamidad cerca del pesebre de Juaco para que, a cambio, luego, sea posible el fantasma que amenaza con no volver nunca si no eres tú quien determina hasta dónde llega tu interés. Para saciarse en ello, canalla, etcétera, amor mío...

     

    20 September

    O no son sueños

     

    Alrededor de la casa vieja los hermanos cumplen en orden el tiempo que les toca, viven su niñez como cualquiera y se reprochan a diario no ser más felices. Desearían juegos que dijesen de su soledad cosas probables y caídas en el camino, con sangre en el codo y arena en los labios.

    A veces los hermanos, incluso el pequeño, despiertan en la noche helada y se alborozan, o eso querrían cuando la lumbre enciende su calor y alguien en la casa canturrea, da igual diciembre, y sorprendidos se miran como jamás desde entonces lo han hecho. Y de alguna manera saben que los quieren.

    Lo mismo que transcurre la vida sin darnos apenas el sentido, así los hermanos eligen el disfraz para marcharse. Cada quien se viste para su enojo: ellas imaginan ciudades con carteles de cine, él un hospital de calladas luces rojas que cortará su cuello. Sin embargo la casa, tan deshabitada y triste, recuerda sus disputas y su voz que pormenoriza una fábula hermosa.

    La de aquellos hermanos que se amaban y un día sus cuerpos fueron hallados, desnudos, con mordeduras azules, en Elsenderocorto, y nadie quiso nunca conocer ya nada.

    Detrás de la casa, en el huerto que él humedecía con trabajo al atardecer, se encuentra escondido todavía hoy un tesoro. Cajas de latón con cartas ilegibles, cartones de cerillas repetidos, un libro de misas, recortes de las telas de su madre, caimanes secos. Allí el universo se detuvo, por fin. Y estabas solo.

     

    14 August

    Camino de Castro

     

    Se cansaría de correr en pos de algo inconcreto, la imagen cenicienta de aquel hombre amenazado, el borde del río que baja hoy revuelto por las lluvias. Erguido sobre el muro, ante sus pies, el agua es la salvación para su pena grande y se lleva las manos a los ojos porque llora.

    Hace ya mucho que desea morir arrojándose al pozo que más cubre, hace tiempo que busca allí la osadía y admite temer el frío que pronto será su compañero inseparable. Si se pudiese acordar de cuándo comenzó el dolor a formarse limpio en su cabeza, si fue solamente ayer o un lunes descorazonador de agosto, cuando se bañaba con los muchachos en esta misma orilla y escuchó las voces.

    De pie, el mundo que observa no decrece, no oye las palabras de la madre llamándolo a cenar, es agua que fluye y es la misma que enlodará sus párpados. Nadie es culpable del oficio que dicen tener los niños suicidas, aunque sea escasa ya la luz y en el monte los lobos anuncien su mortaja en los gritos de los hombres y mujeres que cubren su rostro con cal viva, angustiadamente viva, en el escaño.

    El agua del río custodia del todo su secreto. Su ropa, amontonada bajo el nogal donde guardaban en verano las toallas, explica el temblor de quien hace caso sólo de su sorna y nos mostró su predilección por la belleza irreal de lo funesto. Su vida tuvo un serio contrincante, la muerte inasible en la profundidad del río, qué demonios.

    Y también la memoria que no puede ser útil si no es con la renuncia que dibujó una cruz allí, desde su salto.

     

    10 July

    El libro de Singleton

     

    No es necesaria la luz, susurraba el alquimista. Con los ojos sellados se viaja a la felicidad y al terror, como el puente que une la noche a los vigías, aquellos personajes fatuos que añoraban la selva o el desorden. Tú viniste a consolar horas de desdén imperioso, te sentabas conmigo y juntos arrancábamos las hojas del último almanaque de la infancia. Qué dulce incursión en mares de arrepentimiento, en feas callejas de difícil estatura y arcabuces mudos.

    Pero no importa, creabas maneras de acompasar el tiempo con tus manos libres y soñabas con ella, te dejabas matar en un momento de lluvia, aquella lluvia esplendorosa que anunciaba el fin de lo convencional, y te creías actor diminuto de la farsa. Te llamabas Trueno y era hermoso aguardarte en la escalera de Ángel. Toda la noche embrutecido, amenazado por Blime, el dos caras, y llevando la aventura a la sospecha de una casa ardiendo. No era de nadie y lees por primera vez cuanto has esperado encontrar en el cofre sin ceniza de la sorpresa.

    Días y días aquí solo, escribiendo contra uno mismo: ¿es esto mi vida? Pero no importa. Que consientas, cuando menos, en bucear desde ahora aquel océano encrespado que los veleros surcaban con desgana y luego podrás vencer a Krater, el incestuoso Krater, y decir que ya perteneces a la pandilla de D. No eres tú el más pequeño, hay quien te confunde conmigo y sabe la verdad, tan poco generosa. Quiero verte en tu silla con el libro del capitán Singleton cerrado, no es la luz, ni siquiera es necesaria esta luz...

     

    11 June

    Pantano de O.

     

     

    Desde muy niños nos señalaban el punto exacto donde ellos ubicarían la Presa, nos tenían ya avisados sin remedio y no queríamos marchar, no sin antes explicarnos por qué era nuestra la tierra y, sobre todo, qué sucede cuando, atrás, la desolación nos informa de que no hay lugar tampoco aquí para nosotros. Nos decían que el agua anegaría un páramo hecho de cadáveres, que importaba el bien de los otros en perjuicio de la vida, tan arrasada, tan obligada a ceder, que llevábamos.

    Crecimos en este carrusel de los poderes. Un fantasma aturdido refregaba nuestra boca con légamos y nos visitaba la probabilidad remota de abandonar para siempre las casas. Hubo quien murió sin comprender. Los años transcurrían y no apartábamos los ojos de aquella sombra que se levantaría entre nosotros y el pasado. Desearemos en muchas ocasiones llorar, pero sin lágrimas.

    El tiempo que borra los apegos cambió de planes. Tuvimos la certeza alguna vez y  se nos fue desprestigiando la dicha, como si bastase con callarnos una palabra de más. Pasó el invierno tantas veces y pasó, demasiado fustigada, nuestra vida. Pensamos que sería suficiente con no censurar a nadie y esperar la noche. Aquel muchacho desde lejos recrimina esa duda y ya no está donde estuvo su territorio feliz.

    Y quién lo sabe.

     

     

    11 May

    Buenaventura y desidias

     

     

    La mano se aferraría a aquello que da placer y sin embargo se esconde en la despensa como si fueran otros quienes saben discernir el peligro, nunca él, que vagabundea la calle solitaria de la Estación y que rompe a patadas los cristales del comercio y no quiere irse.

    La gitana toma entre las suyas su mano temblorosa. Reconoce tener miedo al sentir la caricia de la anciana y maldice en voz baja su aprensión, su sobresalto, cuando ella le confiesa haber visto allí algo sumamente confuso y a la par interesante. Vivirás trece años, ni uno más, y los vivirás con prontitud. En una mano se ve el infinito pero también la condena.

    La línea de la vida se cruza con postillas viejas, yo te prevengo de alguien que vendrá a buscarte. A veces es verdad que uno siente tanta lástima por aquel amigo que se marchó sin anotar su dirección y, lo que es peor, sin devolver los cuentos. Parece que todos dejemos llevar algo nuestro si, a cambio, nos recuerdan.

    De pie, junto a la acacia, se maravillaba el niño con la voz recia y vinosa de la adivina, se preparaba para el partido de fútbol contra los machotes de Vega y no pensaba más. ¿Acaso las palabras no tienen corazón? Y el verano, ¿no es el mes más inolvidable? Es el día de hoy y aún no nos explicamos cómo sobre el pupitre, una tarde umbría y harta, Manuel se quedó dormido.

    Para siempre.

     

     

    12 April

    Volver a decirlo

     

      

    El que camina pausadamente y se asemeja a aquel otro que aún es su amigo. De pequeños arrasaban con sus lanzas las eras y sus luchas amputaban los miembros menos verosímiles de quienes se atrevían a huir.

    Cada tarde reunían sus pertrechos, montaban en ponis refulgentes, repartían abrazos y saludos a sus hombres, y era feroz la batalla. Como la sangre del vencido que suplicaba a voces más tormento.

    Venían de otras aldeas a medirse con ellos, los señores de la guerra, los bandidos más bandidos, y el fragor se espesaba en el monte, sin las miradas increíbles de los mayores, sin niñas que llorasen la pérdida de un hermano meticón y grosero.

    Hasta que se firmó la paz un día estrambótico de mayo. Embajadores, mozos de espada, cardenales y leprosos, vaqueros de Dakota y masais temibles, todos se dieron la mano de la comprensión y quedó marcado el territorio.

    Solamente Isaías y él, proscritos para siempre, no acataron ninguna de las normas. Saquearon poblados, forzaron muchachas a seguirlos a su guarida de Ariegos, robaron imágenes sagradas y quemaron sin más el mundo. Eran tan felices como dos homicidas semiprofesionales, de los de antes, de los que prefieren la prosodia lenta de la vida a peores sonrojos.

    Hoy se les ve caminar con torpeza las rutas desmedidas de su niñez. Tosen cada poco mientras acontece la bruma, el amor, la artillería de campaña que antaño les robaba peligrosamente el sueño.

    No son ellos, no, y sonríen.

     

     

    20 March

    Los desgraciados

     

     

    Es un efecto desproporcionado del dolor. Y se adormece como una presunción destartalada: no estuviste presente cuando se durmió y nunca más tocaste su rostro para rememorar aquello extrañamente destruido. Ella te quería y tú no estabas cerca de ella cuando te llamó porque sufría, sufría mucho. Ojalá sea bastarda esta ceremonia del recuerdo.

    Tienes que pensar en el nombre que le dabas de niño, en Mansilla, Gradefes, Cabrillanes. Con ella tu edad no era tan insufrible como imaginas, y regresas a la puerta de su casa que no era su casa como mendigo hambriento, llamas y es ella quien te da las sopas exquisitas, conversa contigo como si te conociese de siempre. Seguro que te pareces a alguien que ella amaba todavía.

    Toda su bondad es ese cuerpo tendido que contemplaste con el daño que provocan las pupas, las de dentro, las que aplastan cualquier esfuerzo por acallar el chirrido de la muerte. Mirabas sus manos ligadas y creíste ver a la abuela esperándote con los brazos abiertos, rendido ya el corazón desde hace tanto. Te daría el afecto interminable, te daría la mano y desde allí sabrías, entonces, por qué.

    Un niño vuelve a tropezar con una rama podre de salguero. Desde su mirada el niño sólo podrá advertir su propia pena que es todo lo que sabe. Al levantarlo, es ella quien castiga, ella quien secará la sangre, se tambalea y se adivinan las roturas. Días grises de cama y escayola con que iniciar el cuidado sin cariño. Ojalá hubieras sido tú el que empujase muy lejos de sus labios la agonía.  

     

     

    22 February

    La carrera de rosca

     

     

    Una vez, solamente una vez, y fue dulce. Consistía la gloria en el beso que Carmen daría al vencedor y en la noche de luna redonda los demás besos crueles, los del primer placer que llega a quitarnos sin pudor la vida, a raudales.

    Muchachos que corren. Cuerpos empapados en sudor que imaginan cuerpos estrechados más allá del deleite, como un incienso que deslumbra, y esperan ser devueltos al origen, pero rotos con ternura por la lucha encrespada de las bocas. Ese santo remedio que la traición no esconde jamás.

    Al amor le falta el brillo que no debe decirse. Por la tarde los hombres contemplan el trote alegre de sus hijos, igual que ellos ahora tuvieron una vez la oportunidad de vencerle merecidamente al tiempo. Sólo una vez, recuerda.

    Ha sido Carlos y se nota que arrastra tras él la temeridad de lo inasible: su beso posee oscuras esquinas y ramitos de menta y papeles manchados. Se ruboriza y fuma el pitillo con una pequeña pretensión de amor en sus ojeras, o no.

    El próximo año seríamos nosotros los que pintasen con mucha cal la meta. Una muchacha que hoy está cerca de ti, sentada, romperá tu corazón con parsimonia. Solamente una vez más y bastará con eso.

     

     

    23 January

    Antonino, el esperado

     

     

    En el pabellón C, el más angosto, da un repaso extenso a su vida, descubre su reciente identidad de hombre con mordaza y se cansa muy pronto de hacer muecas absurdas. No siempre fue así. No siempre tuvo una habitación de enfermo para soportar las noches.

    Creo que ocurrió en febrero, cuando hay pájaros congelados en cada rincón de las tapias y la escuela es clausurada un año más por esa culpa abundante y buena de la nieve. Fue entonces cuando lo vimos llegar con su ropa oscura y el rostro enrojecido de los caminantes necios. Según él el lugar no era peor que cualquier otro y buscaba un trabajo. Quería ser el criado de alguien.

    Nos acostumbramos a su figura errática y a su voz vacía, nos cortaba varas de negrillo y en ocasiones se enfadaba y nos arrojaba piedras. Servía en una casa un tiempo y al amanecer, por razones que ignoramos todos, se alejaba en dirección a Valdeluna hasta que otro día, una semana, dos meses, de nuevo, Antonino nos obligaba a huir o nos forgaba un tenedor bellísimo de chopo.

    Siempre mirábamos su ir y venir con un incierto alarde de inteligencia, le suponíamos enconados amores más allá de Olleir, lo queríamos para nosotros solos, conversando pacientemente con las vacas en La Otrera y repitiendo mil veces su destino: vengo porque tenía prisa por marcharme. Así un día, varios años después, lo esperamos.

     

     

    20 December

    Curva de la muerte

     

     

    Sentían los niños una rara fascinación por subir hasta allí y, acuclillados ya en el borde de la carretera, en aquellos murillos de musgo, calmaban su sed y se contaban historias de hacía treinta años, miraban el álamo réprobo y proferían porque sí palabrotas, porque el verano termina y termina con él la mirada imposible.

    También en verano, pero hace muchísimo, dos camionetas renqueantes se detuvieron en esta misma curva. Tres hombres ensogados aguardaban su destino mientras los otros, con negras pistolas y camisas azules, sonreían y buscaban en sus bolsos algo que liar para matar el tiempo. Esperaban la orden.

    Desde antiguo los niños han sabido que los inocentes reposan en el recodo, amparadas sus tumbas por escobas y una época impunemente cobarde, a la orilla del mundo, con mañanas de sol y heladas noches que ya nunca más vivieron. Los niños, a su modo y cada año, los visitan.

    Clavan sus ojos en los montones de tierra preguntándose, acaso, cómo fue el resplandor en la madrugada de las armas, si fueron asesinados como acostumbran a practicar en las películas, sin compasión, tan duramente. Hablan entre ellos de emular el gesto glorioso de uno que antes de ser tiroteado con premura los escupió en la cara. Bah.

    Al caer la tarde descienden y en La Espina apedrean el pajar de Teo, desearían quemarlo mas no se atreven todavía a guardar rencor a quienes desconocen. Mejor dormir pensando en actos temerarios y en el sudor terrible de la sangre.

     

     

    25 November

    Casicuento sin título

     

     

    A pesar de esa muchedumbre que nos acompaña bastantes veces a lo largo de la vida has tenido que viajar tú solo y comprender cómo se hace la noche, o el amor, o las palabras que únicamente significan aquello que decides. Lo has sabido siempre, mas hoy vislumbras una nube aciaga en tu camino y posees el tesoro inservible que es la franqueza y abundas en lo mismo.

    El dolor, la soledad de aquel muchacho, tu cuerpo enfermo y excesivamente lacerado, la carcajada de la bruja encantadora que te ofreció su navaja de herrumbre para cortar los hilos destrenzados de tu suerte.

    No obstante has callado y ahora recuperas hechos que antes te envolvían con un perfume similar a la ternura, horas en las que el pesar no fue sino un descuido, nombres de quienes ya faltan y son memoria imperdonable, días de alcohol que no te sacian y que te deben la cuenta que has perdido en un paraje especialmente perverso.

    Esto es lo que hay, te decían. Y viniste al pasado como se viene al edificio de donde no es posible huir, ni siquiera marcharse a la ciudad que aburre con su melodía indigente y engañosa. Lo cierto es que has llegado y nunca como hoy has tenido el corazón tan próximo al menosprecio, tan lejos de los que te amaron una vez y no quisiste.

    Sombras que pasan cerca de ti mas no te reconocen. Esa muchedumbre que aguarda, como ayer, tu abrazo y te promete su desvalida lujuria, su epístola a los vencidos que no pudieron jamás olvidarse de todos y de todo.

     

     

    23 October

    La casa de Lucio

     

     

    Claro que era ridículo tener miedo al adentrarse en aquella vieja casa de ladrillo, cuando el sol no es ya nadie para prohibirles el paso, y afanosamente buscar allí dentro la ira obtusa del anciano y las ratas enormes como perros. Claro que sabían que no estaba aquel hombre, que la muerte lo sorprendió dormido en el prado de Arriba hace meses, y en su lugar una sombra habitaba impunemente en el desván, como un guerrero.

    Del temor que los amedrenta mejor no hablar demasiado, son niños que lloran de frío, pero también de tristeza, y de la mano recorren pasillos mugrientos y alaban la desazón que les produce un ruido, una amarillenta revista pisada con desaire, las arañas que mesan sus cabellos y el desbarajuste del palacio transfigurado en caserón donde hubo, piensan, un crimen cada noche.

    Son niños muy tenaces y al atravesar el fosco corredor descubren, besándose, a dos muchachos embadurnados de esperma. Miran con asombro sus rostros y ven lo difuso, lo diverso que amenaza con perseguir su ensoñación y hacerla más embuste aún, satisfecho ritual e insospechado. Regresan a la tarde con dolor de ojos, sin terquedad ninguna.

    La casa de la muerte, la casa del amor al cabo. Muchísimo después crecieron y un día, los cuatro juntos, determinaron volver a aquella casa. Tenían el tiempo exacto para contemplarse a sí mismos de pie y de nuevo partir. Querrían recordar en vano la ruina y el deseo, y el sol que entontece como una bofetada.

     

     

    02 October

    Buscando a C.

     

     

    Escucharon su extraviada voz. Acorralaban cada día un poco más al infortunio, se les oía preocuparse y narrar sucesos semejantes en otro lugar y otro tiempo de miseria, se quejaban del frío que entorpece la búsqueda y le da al corazón congoja. Pero su voz era nítida aún y los árboles caídos anoche por culpa del viento los distanciaba inevitablemente de su lado.

    Ocurrió una tarde gris de lunes. Decidió perderse porque ya estaba bien de escarnio y calenturas en la boca, de muchachos que aprenden a vivir tan a su costa, a golpes cada vez que el amor se deshacía entre sus manos, triste. Se dijo palabras de aliento que nadie nunca escucharía: he de ser yo quien se condene con ese cuerpo que ahora no es el mío. Decidió perderse y se dirigió a La Tejera para escapar serenamente de lo inmundo. O eso pensaba hacer cuando se topó con Fernando, el Pobre.

    Los que rastreaban la tierra perseguían un fragor que se ocultaba de ellos, transidos de friura y de alcohol requemado. Las cuevas, los arroyos sin final del invierno, las brumas de ese bosque al atardecer y, sobre todo, la voz. A sus espaldas siempre, como resuena una maldición que aborrece sentir pero es a nosotros a quien hostiga y delata.

    Una vez más la inmensa aventura. Y el ejecutor que cree haber visto moverse una urz, un cuervo desgarbado, un trecho de la vida que es vil porque así se nos representaba cuando ellos, sentados en la alcantarilla, muchas tardes después, nos contaban que no. Que aún no la habían podido encontrar. Que quién sabe qué.

     

     

    01 September

    En los Pinos

     

     

    Aquel fue el último día de gracia de los pinos. Se los llevaron en el viejo tractor de Susi para retrancar mejor las bocas de las minas. Monte abajo arrastraban también los años que vivimos jugando en su ramaje, aquella niñez hipócrita e indecible, y cortaban del pasado demasiadas raíces que enmudecen ahora como si fuera tarde ya para todo.

    Te cuento estas cosas para que el azar, esa amnesia renegada de los simples, no te conduzca a ti por su senda y más allá del tiempo conserves el suficiente arrojo que explica la memoria, aun cuando es falsa y se obtenga de un murmullo que no es verdad tampoco, como este que arranca el vendaval de la tierra donde una vez los árboles atesoraban tanta y tanta melancolía.

    Hoy es octubre, casi siempre es octubre. Pero aquel día terminó, de súbito, la leyenda del Ladrón escondido y la de la Mujer semidesnuda y la del Niño que ya no es, irremisiblemente, niño. La cuesta era otra y mirábamos los cucos no visibles, el paisaje roto por la mano estúpida de alguien. Medíamos los pasos y el hondón de las caricias, el de las más hermosas por ser tan ingratas. Regresábamos a casa al anochecer y ni siquiera quedaban fantasmas. Para qué íbamos a quererlos entonces.

    En lo sucesivo el mundo no estará allí para nosotros. Mereceríamos, acaso, una razón que no doliera mucho, la leña es dinero y dinero y dinero, y no mirar nunca más el lugar infértil y escarpado, y generoso, de los pinos de antes.

     

     

    24 July

    Fábula del ecuánime

     

     

    Se haría pasar, es más que probable, por un hombre que contiene su aliento para no ser reconocido. De la soledad solamente recuerda que fue un punzón amarillo atravesando sus ojos ciertas noches de desvelo, cuando más favorable era pensar en voz alta los nombres ardientes del amor o las mejillas de sus hijos al volver sudorosos de la Feria de julio. De cualquier forma tendría que ser él.

    Es un error suponerle equilibrio y cordura si tantas palabras como tuvo las arrojó a la lumbre magullada de las horas. Por no verlas deslizarse, nos explicó a menudo. En cambio, garabateaba en las paredes de Losórrios fragmentos de lectura enrevesada que el aguacero, un día y otro día, se encargaría de borrar con manos insistentes. Alguna vez debió de ser dichoso, pero como lo son los grajos, los saúcos, o los bichos no muy feroces de las fuentes.

     

     

    17 June

    El abuelo tenía razón

     

     

    A la sombra feliz del cerezo la siesta cubría de bondad su cuerpo grande y las abejas huían de él como si el verano no poseyera más sentidos, ni más rincones olvidados la memoria. O se posaban mansamente sobre sus manos ya vencidas, al igual que el tiempo, es decir, esa pátina descolorida y atroz a la que llamamos tiempo sin querer, sin precisar su descalabro. Dormido junto a las fresas que alguien le robaba, metódicamente, cada día, aún le guarda la boina que de niño le dio para mejor asirse al sueño de sus cabellos blancos, de hombre que regresa muy cansado al origen y se ve desnudo, con sangre antigua cortada en las muñecas.

    Pero el niño vendría muchísimo después de aquello. Y volvían a casa con puñados de cerezas para decirles que el Coche, el único de entonces, se había llevado por delante a Sol, el perro de caza de su padre. O jamás lo dijeron. Volvían de una edad incruenta y cerca de ellos el deber los reclamaba a gritos. Serás boticario, le asegura desde su torpeza, cortándole el pelo que sobraba o leyendo del periódico para él noticias de un país enorme donde vivió con ansiedad de funesto y agredido. La Argentina. Juntos confiaban en pertenecer a alguien que reparara la vida sin ningún entusiasmo. Y por la tarde el pequeño supo de la frialdad de un rostro que amó y se perdió en la noche. Sobre la cama, al igual que en las siestas, un anciano, con certeza, contaba las veces que el niño de manos muy sucias ensangrentaba sus rodillas... Miguel era un buen hombre.

     

     

     

    20 May

    Los Ponticos

     

     

    Su nombre nadie lo supo hasta que cambió el tiempo y las tareas volvieron a ser más reales, menos afectadas, tal vez, por el vicio contumaz de la pesadumbre. A las casas retornó la humedad, las goteras de mi madre, y parecía que ya nunca más el misterio se escondería dentro de los muebles o en los huertos de guisantes de los niños. Quisiera creer que con tales argumentos el pasado nos iba a ocultar su preciosa porción de embuste, y no fue así.

    Se adivinaba bien su paso por las horas y hacía que el susto se exigiese a los torpes, muchachos tímidos y muchachas desnudas bajo el Puente, turnándose el pudor como quien descubre de pronto el paraíso. Se le imaginaba en los prados de Ovidio tendido de costado, pues su sangre manaba y desbordaba como los afectos de un día que para otro día no sirven. Era muy hermoso y muy joven el intruso.

    Las noches de abril llenaron de rumores aquello que tanto se apartaba. Fueron encontrados con los cabellos revueltos y el tomillo clavado en su blusa recta, sus ojos anunciaban tan exactamente el placer que daba gusto verlos. Amantes que se amaban hasta que les partió el corazón un cuchillo afilado por F.

    Su nombre nadie lo supo hasta que cambió el tiempo y las ropas heridas regresaron de nuevo a las tenadas. Aún hoy alguien se atreve a preguntar a los viejos si recuerdan sus muecas, si es verdad que dormía de pie para mejor ahuyentar a los hombres, o si no era más que artilugio de madera con rostro de ángel eternamente disgustado.

     

     

    02 May

    Casi el dolor

     

     

    A menudo se sobreentiende el suceso y llama la atención aquello que ayer desfiguraba el rostro del amigo con hojas de roble y espinos transparentes, sus labios lastimeros y su voz despreciable. Hoy el mundo en nada se parece al mundo que quisimos hacer obvio, acaso por ser cruel, o porque nuestra edad aconsejaba saber desbaratar lo que lastima.

    De un solo anochecer se ha de reconstruir la infancia. Y era aquel que se encuentra extraviado en el fondo negruzco de los pozos, en la vieja Cornellana que observa el quejumbroso paso y maldito de los muertos. Pues de muerte se trata en esta ocasión y del dolor de oídos de Marisa.

    Sería una tarde de octubre con viento de Curueña, fría y destemplada como nariz de bruja mala, cuando ocurrió el desastre. La luz se fue en el preciso instante en que la muchacha comenzó a gritar. Todos ellos pensaban que el dolor procedería de cierta punción maestra producto del escalofrío y de los pechos nacientes de la víctima, o de un grano de arroz allí olvidado por casualidad o por usura.

    No muy lejos, el anciano Luto falleció sin otro preámbulo que el de haber desconocido su suerte, arropado por vecinas de Socil y por los hombres ociosos. Ambos hechos guardan, todavía hoy, una extraña evidencia y un claro convencimiento que bien pudiera ser el colofón no útil de las pequeñas tragedias. Al anochecer siempre le faltan los aguzos y le sobran desgracias. Por eso es tan cobarde.

     

     

    08 April

    De ciertas afrentas

     

     

    Si es verdad que la memoria se somete a los caprichos que pueden parecer obtusos a quien ya se ha marchado, no por su placer, no por su culpa, en cambio sí sucede en ocasiones que no pertenecemos al lugar del que tanto abusa la mirada y coincidimos en negarlo todo, la tierra y el amor, aunque sólo sea por acusar a otros de la infelicidad, esa puerta cerrada para siempre que aún hoy extrañamos.

    Lo digo porque recuerdo una historia que me fascinaba de niño. La del hombre suficiente y sutil que nada buscaba a no ser en sus arcas repletas de moho, como su vida, y una mañana de frío salió de su casa con montones de cosas, libros, paraguas, alambiques, venenos y trajes, y en la plaza lentamente desplegó su tesoro y dio fuego al fuego, y fue sabio.

    Cada vez que escribo pienso en aquel día de intensísima nevada, y veo desde aquel ventanuco el resplandor de algo que sube al cielo turbio de la tarde, miro su indolencia y comprendo entonces su sonrisa de loco que comprende.

    Lo demás es oficio para mejor resistir la fragilidad que dentro de uno se ha adueñado de los miembros ya deformes. Acaso yo también haya enmudecido y no recuerde nada.