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日志


9月29日

Chicas a las 11

 

 

Han sido muchos años como para no agradecérselo sinceramente. Desde agosto de 2000 hasta el pasado 8 de agosto, de lunes a viernes y a las 11, una trabajadora llegaba a nuestra casa para darme el Colacao, asearme y levantarme: vago que es uno. Los Servicios Sociales, a través de la empresa ASER, siempre cumplieron con lo que de ellos se esperaba. O casi siempre. Hasta hace unos días, ya digo. La razón, una de las contradicciones de la Ley de Dependencia. Pero simplezas aparte, manifestar que atrás quedaron horas y horas en compañía de Pili la nuestra, de Pili Pacios, de Ana, de Isabel, de Lourdes, de Juani. Sin olvidar a quienes cubrían sus ausencias y sus vacaciones, como Alma, Marisa, Dioni, Monse, Leni, María Jesús, Esperanza, Irene... Y, cómo no, recordar desde aquí a Ana Isabel la pequeña, a Manolita, a Lucía, a Ana Isabel la no tan pequeña, las encargadas en estos últimos meses de levantarme por la tarde: vago que sigue siendo uno también a esas horas. Y al practicante Ramón, todo un gran descubrimiento. Fueron no pocas las anécdotas, los chistes que nos hicieron llorar de risa, las buenas caras y las menos buenas, los sofocos en el baño, los problemas personales que me confiaron, así, como quien no quiere la cosa, las rencillas y trifulcas corporativas con que tuvimos que lidiar, las cagarnias. Coño, si me hubiese esmerado lo suficiente creo que hasta habría aprendido a pescar salmón desde la cama. Eso sí, que no se diga, jamás antes de las 11.

 

 

 

9月26日

Sueños apócrifos 2

 

 

Este es el segundo relato con que te deleito de Alberto R. Torices (sí, sí, el que regala rosas por correo) perteneciente también a "Sueños apócrifos" y de próxima publicación en Los Libros de Camparredonda. Si deseas conocer su dirección postal pincha aquí.

 

 

 

 

EL PRIMER LIBRO

 

 

 

“(...) porque naturalmente soy poltrón y perezoso de andarme buscando autores que digan lo que yo me sé decir sin ellos.”

 

Prólogo de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes

 

 

Era una mañana oscura y desapacible. Es probable que lloviera. Terminaba de desayunar en la cocina cuando oí un fuerte ruido de objetos desplomados. Algún libro mal colocado parecía haber caído de su estante, en mi cuarto, justo al otro lado del tabique. No tardó en producirse un nuevo impacto, aún más escandaloso. “Mierda —mascullé—, se va a despertar el niño.” Acudí. Lo que vi al abrir la puerta de mi pequeño despacho no pudo sorprenderme más, pero tampoco dejaba lugar a dudas. Frente a mí, recostado en mi sillón de lectura, con uno de mis libros abierto en el regazo y muchos más amontonados o esparcidos alrededor, estaba Alonso Quijano, también conocido como Don Quijote de la Mancha.

Por más que moví los labios, fui incapaz de articular palabra o sonido alguno. Advertí que temblaba porque parte del café con leche que llevaba en la mano se derramó. Don Quijote me miraba también asombrado, pero no se movió. Salí de la habitación golpeándome contra el marco, y cerré la puerta. Me dije: “Ya está. Ya te volviste loco.” Traté de calmarme, sonreí por si servía de algo, y luego abrí de nuevo la puerta. El hidalgo inmortal seguía allí y, al verme aparecer por segunda vez, se alzó. Dejó caer a un lado el libro que estaba leyendo (Las partículas elementales de Michel Houellebecq, según pude ver). Con la torpeza de quien acaba de salir del sueño, tomó la espada que tenía a un lado. Al blandirla, tiró la lámpara de mi mesa de trabajo, y también el bote de los bolígrafos. Pensé: “Ahora empezará a llorar el niño.” Y más estúpidamente aún: “Me va a llevar un buen rato poner en orden todo esto.”

—¿Quién sois? —preguntó el buen hombre, señalándome con el filo oxidado de su arma.

Su actitud, sin embargo, no era amenazadora. Lo cierto es que estuve a punto de soltar la risa.

—Me llamo Alberto —respondí—. Vivo aquí.

—¿Sois el dueño de esta lúgubre morada?

—Sí... Bueno, más o menos.

—Entonces podréis decirme qué estoy haciendo aquí. ¿Acaso sois vos el artífice del encantamiento en que me hallo?

El tono apremiante de sus palabras contrastaba con su aspecto cansado y un tanto deprimido. Había dejado de señalarme con su espada y, en medio del pandemónium de libros y papeles que había provocado, movía más bien a lástima.

—Creo —le dije— que estoy soñando. Vamos, que esto sólo está pasando en mi cabeza. Algo tendrá que ver, supongo, con el cuarto centenario de su... primera parte.

—A fe mía —respondió él frunciendo el ceño— que vuestra jerigonza me resulta impenetrable. Como la de casi todos estos libros, por cierto.

—Es lógico —repuse—, cuatrocientos son muchos años. Pero no se preocupe, creo que no tardaré en despertar: mi hijo está llorando. De todas formas, ármese de paciencia; es probable que en estas fechas aparezca en los sueños de mucha gente.

Ciertamente, el pobre Alonso Quijano parecía no entender gran cosa de lo que yo le decía. Ahora lamento no haberle preguntado algunas cosas. Pero hubiéramos necesitado un intérprete: no domino el castellano de su época.

—Me gustaría regalarle una cosa, antes de despertar —dije.

Don Quijote de la Mancha me miró con una expresión de ligera sorpresa. Tomé un libro de un rincón bien conocido de mi cuarto y se lo tendí.

Yo, el monstruo —leyó en la portada—. Qué barbaridad. ¿De qué trata? ¿Es comprensible?

—Es mi primer libro.

Su mirada se llenó, entonces, de lástima y ternura.

—Así pues, sois escritor. En ese caso, permitidme que os diga que sois vos quien debe armarse de paciencia. Es peor ocupación que las galeras.

Sonreí. El niño lloraba cada vez más fuerte y nos despedimos. Al salir de la habitación vi que se sentaba de nuevo y se disponía a leer.

Y desperté. El pequeño Román, en efecto, lloraba; pero antes de ir a sacarlo de su cuna entré en mi habitación. El desorden era el de siempre, quizá algo mayor, y mi primer libro no estaba en su sitio habitual dentro del caos. Ojalá no lo encuentre, cuando me ponga a ordenar todo esto.

 

 

 

9月23日

Un poema de Camineros

  

 

(Los chicos de Hank Over vuelven a Camineros... con un poema más. Luego viene la imagen, "No pasarán", pero los hijos de puta pasaron, vaya si pasaron.)

 

 

 

 

jueves 11 de septiembre de 2008

CAMINEROS, JÍCARAS, VERDUGOS, por L.M. Rabanal

 

 

41

 

Perdona perdona

perdona a tu pueblo

señor.

No sonaron más

las carracas.

Decían que Franco.

Intensos golpes

en el pecho, nada

de carne, nada

de besos con lengua.

En los escobales

mucha sombra,

sí, sí, mucho

pus.

 

 

 

Luis Miguel Rabanal, de Camineros, jícaras, verdugos ( Mikado libros, Colección Traviesas de Poesía, 2008 ).

 

Publicado por Hijos de Satanás en 11:02 

Etiquetas: recomendaciones poesía

 

 

 

 

 

*******

 

También Fernando del Busto le ha dedicado unas palabras amables a este libro en su Archipiélago. Gracias, Fernando.

 

 

 

 

9月20日

Despojos de la vida alegre

 

 

 

 

LA CULPA

 

Si acaso hubiera encontrado alguien la parte de verdad

que corresponde a todo entusiasmo, al menos ese que subyace

en el dolor como una espada colmada de herrumbre

y con niños abrazados a su furia.

Si cuando menos alguien tuviera para ti un momento de virtud,

eclipsada por la abulia tal vez, sólo cuerpos que ofrecen deprisa

su deseo y después se arrojan las inmensas toallas

y lagartos muy tiernos.

Presumiblemente entonces el tiempo nos remitiría cartas legibles

donde desprestigiar el embuste de todo, es decir,

este abandonado ámbito en que yaces desde la renuncia

o los árboles secos, esta melodía del adiós que arranca y termina

de una sola dentellada del tigre que más amas.

Ya casi todo ha sido dicho en tu descrédito.

Y en cambio a tu rostro hoy le abandonan las sendas

aún verdes del otoño y los lugares repletos de ahorcados,

tan magníficos en su connivencia para recordar

tiempos mejores, tan dados a retrasar el porvenir como las putas,

o de nada se ha enterado el muy bruto y gilipollas.

Ni siquiera comprendes que el final,

el verdadero final, es esto: un paisaje arrancado de tus ojos,

un niño que te mira y se parece a tu pequeño, un barco

que en la Ría cumple con su oficio de perseverar

en lo grotesco de la noche.

La culpa de todo la tuvo el chachachá, sin duda.

Quiero pensar que tú ya lo sabías, por lo menos esta desazón

que producen el arrepentimiento y la malaria y las mujeres

pretenciosas, pues si no estaría dispuesto a dimitir

de mi privilegiado mirador, mejor me callo, tú me conoces.

 

        

 

 

UN HOMBRE QUE DICE ADIÓS

 

 

I

 

Merece nuestra gratitud quien nos ha conducido

de su mano fiel al final de la vida.

Nos ha argumentado que sólo en esta barbarie seremos felices,

nos enjuga el sudor de la fiebre y arroja nuestros ojos

lejos, muy lejos de aquí.

El verdadero lugar donde rompen su espuma las olas.

 

 

II

 

Es el que aún no ha soñado lo suficiente como para decir

apártate de mi lado pues huele fatal mi cuerpo,

me sabe mal la boca, a lumbre y a subterfugios de la noche

tales como dolor y violencia y sucios dientes clavados

en el manto deshilachado de la vida.

Es el hombre que ya no esperábamos ver jamás,

rendido ahora en su jergón lo mismo que un guiñapo, desnudo

entre su vómito y su nube blanca repleta de amargura.

De esta madrugada no pasará, nos garantiza alguien.

O es que, por el contrario, equivoca su risa

desencajada en un sucio montón de ropa vieja de hospital

donde nadie todavía le esperaba.

Es muy vil su rostro, tiene temblores y afuera luce

un sol hermoso que tampoco es el suyo.

Mas qué nos importa este hombre que ensordece con su grito,

y nos invaden sentimientos de desgana

hacia todo cuanto lo nombra en su postración: su boca

apenas si expresa algo más que un pasado espantoso,

no debemos volver a mirarlo, no debemos volver.

Y sin embargo parece mentira

este cuerpo que nos hace guiños oscuros...

 

 

 

 

 

 

© 1998

 

 

 

9月17日

Un poema de La última vez

 

 

(Reza lo que sepas le ha dado de nuevo a este poeta de pacotilla cancha. Gracias, Dani.)

 

 

 

 

LUNES 1 DE SEPTIEMBRE DE 2008

 

Las batallas, sobre todo las perdidas

 

 

Nadie esta tarde ha preguntado por ti.

Si fueras más joven supondrías que aquella pálida muchacha

fue la culpable de todo, con su boca abierta cargada de sonrisas

y abandonada ternura,

con su vestidito breve idóneo para ser muy felices.

 

Y si no ella, sería aquel tiempo truncado que se batió ante ti, sin nada

que ofrecer a cambio, cabrón, ni tu palabra de extranjero,

ni tu rostro que se aparta con miedo del cristal y la lluvia.

 

Hoy no es noviembre tampoco a pesar de la nube

que resquebraja, de par en par, el mundo.

Nadie está a tu lado y cruzas sin nadie el umbral de

esta hora insalubre.

 

Norias apagadas y calles desiertas y una voz de estadista en apuros

son los testigos absortos que embrutecen tu difícil hastío.

Sobre tu mesa multitud de personajes se tiran de los pelos

por verte llorar, es como si cavilasen en convencerte a gritos

de la exacta simetría de sus rasgos para que les des la vida,

a su manera son los únicos que fielmente y de verdad te adoran.

 

Como a ti, se conoce, les encanta sufrir a medianoche

frente a un vaso medio lleno de vodka y muchos poemas con arrugas.

Muchos cuerpos, también, cómo no, precipitados al azar

de los más melancólicos sentidos.

 

Y sin embargo nadie te ha llamado en los últimos seis días

y sabes que no importa el frío compás clavándose

en tus sienes como un terco submarino, como un veneno dulce.

Lo darías todo porque ella volviese a estrangularte una postrera vez.

 

Desde tu tumba ves pasar mucho mejor los trenes.

 

 

 

Luis Miguel Rabanal. La última vez. Ajimez libros, 2000.

Publicado por Dani a las 10:51 3 comentarios   

Etiquetas: Poesía

 

 

 

 

9月14日

Trazas

 

 

A lo peor no es él todavía y espera saber a quién espera el muchacho teñido de rubio. Desde tu voz todo se vislumbra, el mar carece de tiempo, desde tu voz todo se convierte en mohín reiterado. Van a venir en tu socorro, te darán placer. No obstante te entregas a una nueva sumisión, el odio estraga cualquier promesa que tengas que recordar. Ayer la niebla rodeaba tus rodillas con ahínco. A lo peor no hay manera de que sea él el que debe disfrutarte. A lo peor nos dice palabras que semejan ser algún engaño y no son más que bollos para mojar en la leche, historias de santas y de santos, muchachas en cuclillas. Cree en el humo. Imagínate que nadie está contigo, sin embargo te pertenece su bondad, o su amargor. Sin apenas quererlo ya te has marchado, lo mismo que todos, y fustigas las sienes con fiebre porque es un cuerpo aterrado también el que escruta tus caricias horrendas, el que no está. Apiádate de mí, te contesta sin desprecio.

 

 

9月11日

15 de octubre y Xen

 

 

(El Eulogio, difunto ya prácticamente, vuelve de la mano de su amigo xen a dar la lata. Gracias por intentarlo desde tus Crónicas, hermanito.)

 

 

 

 

JUEVES 21 DE AGOSTO DE 2008

Elogio del Proxeneta/Luis Miguel Rabanal

 

 

15 de octubre

 

La dimensión necia de las cosas, esa servidumbre del pasado que llega a pedir las cuentas, a exigirme nombres del afecto y fechas desgastadas. Que viene con despecho a demostrarme el montante feroz de mi ridículo. Hale, me concedo perpetrar cualquier fechoría, incluso penetrar a Laura, si me permite, como antes. No es tarea fácil y lo sé, me cuesta horrores respirar, y hasta moverme, pero el amor se hace bien o no se hace. Para los rapacines dejo el no atreverse, el ahora no cabría, la falta de apetencia y las chorradas. El sexo, a más no poder el mío, es cuanto limita con la muerte, el dulce trance pernicioso. Me conformo con atisbar entre sus muslos y esperar sentado a que se hagan la luz, los jugos derivados, los extraños e íntimos toqueteos de Laurita, que confiesa no estar preparada aún por no sé qué señales desproporcionadas de su útero; atisbar su piel joven y exquisita y temblar con ella, de ella, sobre ella y a su lado, con la mano irremisiblemente agarrotada, sin acariciar en absoluto la carne que amo con inverosímil arrebato. Que comparezca, si no, el personaje de las remotas vidas. Al fin y al cabo, en la enfermedad el acercamiento se agradece. Igual me hace recordar travesuras hermosas sin nada de dolor, sin dobles palabras que enjuicien mi lúgubre postura ante la naturaleza degradante, sin improperios, o tal vez me sacie pronto y le confíe trucos. Mi memoria. Las señas de mis hijos. La gran escaramuza de... La botella vacía y el polvo llenándome la mesa de vegetaciones absurdas. La dimensión apolillada de las cosas, este apuro.

 

********

 

Laura me entretiene con un sonoro beso en los labios y sin lengua, dirige mis dedos a la oquedad de sus bragas blancas y me vocea al oído que otro día.

 

 

 

 

confieso que tengo una especial debililidad con esta novela de Luis Miguel Rabanal que ha publicado en su blog...

 

me gustaría poder leerla en papel...

a ver qué pasa con esos editores... tú...

 

 

 

 

Publicado por xen Vinalia 19:25 1 agujeros en la niebla   

Etiquetas: Luis Miguel Rabanal

 

 

 

9月8日

La marrana

 

 

Pepe Pereza echa mano de su infancia, sin más, en crudo.

 

 

 

 

 

LA MARRANA

 

 

Yo estaba en la cuadra de detrás de la casa, escondido entre unos sacos de pienso. No quería que mi hermana Pili me encontrase, ella se había empeñado en jugar a “madre e hijo” y a mí no me quedó más remedio que acceder. Ella, por supuesto, sería la madre y yo el hijo. Ese juego consistía en que ella por ser la madre mandaba en todo y yo por ser el hijo debía obedecer. Todo fue bien hasta que se le ocurrió que era la hora de comer. Como buena madre quiso cocinar utilizando los productos que tenía a mano. Preparó una especie de pasta elaborada a base de varias cabezas de ajos machacados y revueltos con huevos crudos, que robó directamente del gallinero. Removió todo creando una argamasa de aspecto y olor asqueroso. Pero aún faltaba un ingrediente especial que, según mi hermana, era lo que le daba sustancia y color al plato. Ese ingrediente era ladrillo rojo triturado a base de machacarlo con una piedra hasta que quedaba reducido a polvo, mi hermana decía que aquel polvo rojo era pimiento molido y estaba convencida de que era exquisito. El caso es que quiso hacerme probar aquella bazofia y por eso huí de ella. Mi hermana ya se había cansado de buscarme, aunque decidí ocultarme durante unos minutos más, por si acaso. Fue entonces cuando los escuché hablando al otro lado de la pared del muro del corral, eran voces de chavales. Salí del escondite y me asomé por encima del muro, ahí estaban ellos, sentados sobre la tapia del corral de enfrente al nuestro, eran dos chavales más o menos de mi edad. Al verme asomar la cabeza dejaron de hablar y me miraron con curiosidad.

 

-Hola. – Dije yo para romper el silencio.

-Hola. – Respondieron ellos al unísono.

-¿Cómo os llamáis?

-Yo me llamo Juan. – Dijo el más bajito.

-Y yo Pedro. – Añadió el otro.

 

Salté el muro del corral y me acerqué a ellos.

 

-Yo me llamo Pepe… – Les dije con la seguridad del que está en su territorio.

- … ¿Qué hacéis? – Añadí mientras me subía a la tapia y me sentaba a su lado.

-Sólo estábamos hablando. – Respondió Juan.

-Ya… Vosotros no sois de por aquí ¿verdad?

-No, hemos venido a visitar a unos parientes de mis padres. – Contestó Juan, que sin duda era el menos tímido de los dos.

-Si queréis podemos jugar a algo. – Propuse sin demasiado entusiasmo.

-Bueno. – Volvieron a contestar al unísono…

 

En ese momento una cerda que estaba en una cuadra a pocos metros de nosotros se puso a gruñir y a bufar como lo hacen los cerdos. Yo ya estaba acostumbrado a la presencia de la cerda y a sus gruñidos, pero a Pedro y a Juan aquello les pareció de lo más interesante, estaba claro que eran chicos de ciudad. Dado el entusiasmo mostrado por mis nuevos amigos, nos pusimos en pie sobre la tapia y fuimos andando sobre ella hasta llegar a la cuadra donde estaba encerrada la cerda. El animal alzó la cabeza y se nos quedó mirando a la vez que movía el hocico para captar nuestro olor.

 

-¡Qué grande es! – Dijo Pedro, amedrentado por el tamaño de la cerda.

-Es porque está preñada y pronto parirá. – Les informé tratando de darme importancia y de quitársela a la cerda.

 

Aparte de eso, la cuadra donde estaba encerrada no era demasiado grande, apenas metro y medio de ancha por dos o tres de larga, con lo que la marrana parecía más grande. El animal seguía mirándonos con el morro levantado.  La tapia sobre la que estábamos de pie era una construcción hecha con piedras, más o menos planas, apiladas con pericia la una encima de la otra, sin necesidad de usar cemento que las diese solidez, era la gravedad y la sabia colocación de las piedras lo que hacía que la tapia fuese consistente. Pues bien, elegí una de las piedras que conformaban el muro, una pequeña, y la arrojé contra el cuadrúpedo, más que nada para que dejase de mirarnos. Le di en todo el morro. La cerda a modo de protesta soltó un pequeño gruñido que hizo mucha gracia a los otros dos. Cogí otra piedra, la lancé e hice blanco, esta vez en uno de los lomos. El pobre animal trató de huir corriendo en círculos por la apretada cuadra. Volvieron a reírse y yo supe que con esa acción me había ganado a los chicos de ciudad. Noté su respeto y admiración y eso me gustó. Me sentí importante y poderoso, aun siendo de pueblo. Esta vez me aseguré de coger una piedra más grande que las anteriores, Juan y Pedro me miraron expectantes, no podía defraudarles. Lancé la piedra y le di en el cuello de la marrana, supe que le hice daño por el sonido que salió de su garganta. Pedro se animó y también lanzó una piedra, la cerda chilló con el impacto. Yo le miré sonriéndole y le di una palmada en la espalda a modo de colegueo. Cada uno de nosotros cogimos una piedra y a la de: ”tres” la arrojamos con fuerza. Todos hicimos blanco y nos miramos satisfechos. La cerda chillaba y trataba inútilmente de escapar corriendo en círculos o cambiando la dirección de sus giros. Vimos el pánico en su mirada y eso nos gustó, nuestros instintos más primitivos empezaban a fluir. Seguimos tirándole piedras, cada vez más grandes. Algunas le causaron heridas sangrantes lo cual nos llenó de júbilo. La marrana chillaba tan alto que por un momento creí que todo el pueblo la estaba escuchando y que alguien acudiría en su ayuda. Pero nadie llegó y nosotros sedientos de sangre seguimos torturando al animal. Después de un tiempo la marrana se rindió, se desplomó en el suelo agotada y allí se quedó resoplando y mirándonos con miedo. Lanzamos algunas piedras más pero ya no nos hacía gracia, el sufrimiento del animal era tan patente que no pudimos seguir con el juego. Los tres nos quedamos en silencio observando a la marrana. En la comisura de su boca se le había formado una especie de grumos espumosos de saliva y sangre que se movían al ritmo de sus jadeos, comprendí que estaba agonizando. En un impulso de compasión quise acabar con su sufrimiento, agarré una piedra grande, tan grande como me permitieron mis fuerzas, con la intención de dejarla caer sobre su cabeza y terminar de una vez por todas. Justo cuando me disponía a soltar la piedra, la puerta de la cuadra se abrió y asomó la cabeza Genaro, el dueño de la marrana. Al ver lo que allí estaba pasando se puso a gritarnos y a amenazarnos. Yo dejé la piedra sobre el muro y salí corriendo. Pedro y Juan me siguieron asustados, dejamos el muro y saltamos al suelo y mientras ellos corrían hacía la casa de sus familiares yo salté la tapia de nuestro corral y fui directamente a esconderme entre los sacos de pienso. Estuve allí mucho tiempo, hasta que escuché a mi madre llamándome a gritos. Por el tono de su voz supe que ya se había enterado de todo y me preparé para recibir una paliza. Aquella noche la marrana abortó y aunque ella se salvó de milagro, mis padres tuvieron que hacerse cargo de todos los gastos e indemnizar a Genaro por la pérdida de los garrapos. Lo peor no fueron los bien merecidos azotes que me dieron, sino algo que vi en sus miradas y que entonces no supe lo que era. Más adelante vería esa misma mirada en infinidad de ocasiones, sabiendo que lo que veía en sus ojos no era otra cosa que decepción.

 

 

9月4日

Poemas para leer despendolado en el salón

 

 

Lo de despendolado del título es opcional, por supuesto. Y lo de leer, ahora que lo pienso, pues también. Los dos textos pertenecen a "Lugares", libro inédito con el que te estoy dando la murga desde hace bastantes meses...

 

 

 

 

XIX

 

 

Asas de cántaro en los huertos congelados.

Estaba la reina sentada en su gabineta y vino Gil,

 

quién fue el incongruente que levantó sus puños

para trastornar sin ser visto por ellos,

quién la muchacha

que con desfachatez inventó la melancolía,

a media luz como las faltas del dictado

y los crímenes graves.

 

Pretendían saber, colocaban entre sus muslos

el desmedido deseo para no sobrevivir.

Constantemente amenazaban

con la voz del ausente

y los abordaban deprisa: quemar fuyacos

para que no los mire con impudor

el destino, no los estrague con rabia.

A menudo a los hombres les escurría

sangre por la boca.

 

De mala gana trancabas la puerta

y escribías el nombre,

la memoria es la tinta que nadie ha empleado

a no ser para zaherir al demente que lanza la llave

muy lejos de todo.

En Las Calandras, como entonces,

la niña se aferra a la vergüenza por fin

y agradece el desdén

y el exceso que se posesionan de sus ingles,

sin término medio.

 

Nubes con que entretener el tiempo y figuras

que te gustaba discernir en ese cielo grave,

el mismísimo Napoleón o una mujer extensa

o un salguero caído.

Se oye una queja, decrépita, en continuo pasado.

 

 

 

XX

 

 

Sin tardanza venía a dar la lata la soledad,

se apiadaba de ti

desde El Pedazo, se aferraba a tu cuello

para que el mayor sortilegio terminase

en tus venas.

Nada más contiguo al amor que el cuerpo aterido

que afanosamente buscaba tu cuerpo,

como un irresponsable.

 

Déjame decirte, a solas con nosotros,

el último chisme.

 

A quién se le ocurre prevenir al vecino inapropiado,

los pezones al aire

ansiando unos labios, toma mis garras

deformes y golpéala con ellas.

Guardar todas las fotos,

recordar que no eras tú.

Recoger la ira y poner a secar

la muda que se mojó con la tormenta,

decirle que sí a lo que diga.

 

En La Cañada se amparan secretos

que hoy desprenden ternura,

pájaros disecados y ungüentos para el sol.

Quién iba a dejarte allí solo para que te comieran

raposas,

al fin y al cabo fuiste uno de nosotros,

si tus garrapitos son los mejores,

si llevabas mi nombre

me parece.

 

La piel desarreglaba los sentidos, en tu boca

el insulto

y en su vulva amarguras.

Vas a descubrirme, proseguía, se derrumbarán

los tejados sobre mi desconcierto,

sabrán de mi error.

Si con tu dedo indecente me señalas la marca.

 

 

9月1日

En los Pinos

 

 

Aquel fue el último día de gracia de los pinos. Se los llevaron en el viejo tractor de Susi para retrancar mejor las bocas de las minas. Monte abajo arrastraban también los años que vivimos jugando en su ramaje, aquella niñez hipócrita e indecible, y cortaban del pasado demasiadas raíces que enmudecen ahora como si fuera tarde ya para todo.

Te cuento estas cosas para que el azar, esa amnesia renegada de los simples, no te conduzca a ti por su senda y más allá del tiempo conserves el suficiente arrojo que explica la memoria, aun cuando es falsa y se obtenga de un murmullo que no es verdad tampoco, como este que arranca el vendaval de la tierra donde una vez los árboles atesoraban tanta y tanta melancolía.

Hoy es octubre, casi siempre es octubre. Pero aquel día terminó, de súbito, la leyenda del Ladrón escondido y la de la Mujer semidesnuda y la del Niño que ya no es, irremisiblemente, niño. La cuesta era otra y mirábamos los cucos no visibles, el paisaje roto por la mano estúpida de alguien. Medíamos los pasos y el hondón de las caricias, el de las más hermosas por ser tan ingratas. Regresábamos a casa al anochecer y ni siquiera quedaban fantasmas. Para qué íbamos a quererlos entonces.

En lo sucesivo el mundo no estará allí para nosotros. Mereceríamos, acaso, una razón que no doliera mucho, la leña es dinero y dinero y dinero, y no mirar nunca más el lugar infértil y escarpado, y generoso, de los pinos de antes.