| Luis Miguel 的个人资料Más palabras para olvida...日志列表 | 帮助 |
|
|
2月29日 Vahos
La noche trae más sonrojos que de costumbre. El hijo ha dejado abierta otra vez la puerta, ella no es así: su alegría confunde y pospone la tarea de no haber sido feliz esta mañana. Adivinarán, tarde o temprano, quién fue el responsable. Serán capaces de hacerlo también, llevarán el cadáver hasta su desvarío, sobriamente van a anochecer con su memoria. Nada ya lo impide, su rostro se desentiende de ellos y parece venir de un lugar nada siniestro, mujeres todavía que pueblan la niñez en armónico hervidero y que entran a interrumpir el jeroglífico. Si te paras a pensarlo verás que es el embuste que se encarga la hechicera de colocar bajo tu almohada, será como tú quieras que suceda. La muerte jamás se apiadará de ti, eras la pieza que le faltaba a la próxima partida y debiste creerte la víctima perfecta para saciarse en algo tuyo, sin ninguna angustia, porque nadie recuerda ya ese cuerpo que tan bien te pertenece, maltrecho, sí, o desplomado.
2月26日 Camino de Ceide
De la mano de la infancia, vistiendo los frutales con mi intemperie y llovizna. Dentro de las casas ya habita el invierno, su túnica es triste como el murmullo que pasa a mi lado, paseando la tardecina pleno de nostalgia y de nubes. En este camino, una vez, besé los labios radiantes de una niña llamada ternura. Apenas recuerdo el color de sus ojos, las ramas de su lengua. Tan sólo sé que fue hace tiempo de este atardecer de soledad y de frío. Dentro de las casas se vacía la leña, y alguien, acaso sea un hombre muy roto, remueve en sus manos la furia del espejo y olvida las horas. Camino de Ceide que conduce a la noche.
(En la pág. 15 del libro La memoria buscando sus disfraces, Barrio de maravillas, Salamanca 1986)
En el muy hipotético caso de que se me obligase a escoger un solo poema de mis libros publicados para llevarme a una isla desierta, elegiría sin duda "Camino de Ceide". Es el único que con tanto tiempo de escritura transcurrido me deja aún, si no satisfecho, sí al menos un poco conforme y aliviado.
2月22日 4 de enero y Xen
(De nuevo, una entrada de Elogio del proxeneta pasa a formar parte de esa reunión de poetas y bandidos, de héroes y santos, de niños grandes y de rubias, que es la Niebla. Gracias, xen.)
viernes 25 de enero de 2008 elogio del proxeneta: 4 de enero/luis miguel rabanal
Ahora, precisamente ahora, se me vienen encima. Las palabras finales de Bar-Elemig Lana que pronunció, en tristísimo balbuceo, la tarde de su muerte. Cara a cara, en el almacén de coloniales de S., me examinaba con tanta sorna que me sorprendió su queja. Nos habíamos tragado la niebla y el alcohol de la ciudad durante varias noches seguidas y rodábamos en medio de los amedrentados transeúntes. Ya no jarreaba más, por fin, y el vaho de su aliento dibujaba oscuras formas de hembra arrodillada sufriendo el orgasmo más lento imaginable. Bar temblaba porque se notó ebrio de cojones y presentía que su cuerpo vagaba en la noche de espectros descarriados y su expresión se transformaría en un clamor que promete orden donde hay incoherencia y dolor donde sólo concurrió la enfermedad. Uno no siempre consigue preservar a los que verdaderamente ama. Arrojaba Bar el hígado brutal, tosía su pulmón a ritmo de bolero y de estiletes, se me colgó del hombro su fatiga que era el fraude de la edad que se extinguía con apuros. Se doblaba y lamía el suelo. Me llamó amigo mío y yo lloré porque la normalidad se finge a las puertas de una casa con calor donde la compañera con rulos que no fuma nos aguarda sentada tejiendo e impaciente, y nosotros de aquella fuimos fugitivos de la obediencia. Cretinos, eso éramos los dos. De su frente manaba el pudor que nunca tuvo, un miedo que paraliza y aconseja rendiciones, como la ternura ilusoria que padeces. Al rato de haber eyaculado contra una pared tan muda ante la boca repletísima de asombros de tres muchachas adorables, y al vernos partir tambaleándonos por la desolada Avenida del Garrote, se fijó en mis ojos, fieramente, él, mi camarada Bar-Elemig Lana, El Turco, como lo llamaban las lobas pardas, y me habló en voz queda, con la melancolía aprendida en las callejas que moteaba la juventud con un color magenta extravagante: El café con leche me reventó el estómago, me muero de ganas, bésame en la nuca...
uff... y yo no me perdería la entrada del 6 de enero... ni ninguna... ya sabes: el elogio del proxeneta (agujerito lubricado en la niebla)
Publicado por xen Vinalia 17:21 Etiquetas: Luis Miguel Rabanal
2月19日 Llévatelo todo
Versos lúcidos, certeros, diferentes. Los que escribió para su blog Mi talón de Aquiles, como quien no quiere la cosa, Odisea. Una reciente amiga del Eulogio.
10 Feb 2008
llévatelo todo
Escrito por: odisea el 10 Feb 2008 - URL Permanente
llévate los muebles, la casa, el dinero, déjame en pelotas, pues en esa desnudez me crezco y te envileces. Llévate las sillas, los armarios, los edredones y las camas. Yo duermo en el desierto y las estrellas cantan para mí. Llévate los coches, las bicicletas, los zapatos. Mi vehículo es invisible y mis pies descalzos besan la tierra. Llévatelo todo. Porque no hay nada en ese todo, porque está todo en esta nada.
12 comentarios
2月15日 Azul de juego IV
Tampoco en esta ocasión, la cuarta entrega de Azul de juego (1985-2003), M. J. Romero te ha querido hablar de los obispos. Sí lo hace de asuntos importantes. Del amor y de su casa de cristal, la ausencia. De la vida que pasa, descarada, sacándonos la lengua y los colores y.
RENACERÍA indemne si pudiera, te resucitaría radiante en ti misma. Deja de prolongarte en tu propio lamento de muerte. Si pudiera me escribiría de humo tan sólo, te entregaría mi cuerpo, me sumergiría en tu mirada. Lloraría sobre tu mudez cuando me alejo, alargaría mi mano hasta tu última caricia. Rompe mi sombra cuando te acerques, que tus brazos me hagan invisible en las tardes de bruma gris.
Mi voz no existe.
Se pierden las palabras que no te dije, nos observamos con miedo y nos oscurece el dolor.
UN rostro apoyado en otro rostro. Lo inalcanzable se aproxima y al alcance de la mano queda la vida, el abrazo se eterniza en un sortilegio de pasos. Tocar tu hombro y abandonar en él el peso de mi vida, estaba contigo.
Amo la carcajada más pura, la más silenciosa, la sonrisa que nos acompaña siempre desnudos sobre el cansancio entre acacias del verano.
MANOS cortadas y ensangrentadas que no son tus manos, la sombra paralela a tu sombra y que no es tu sombra y que no es de nadie porque eres como ella, que sólo vive cuando el dolor llega al grito.
Vivir siempre muriendo, mientras oyes nombres de otro tiempo y tú ya no eres sino el reflejo de tu imagen entre las manos ensangrentadas, caídas en el camino por donde pasas huyendo.
Todas las ausencias te esperan como una llama. Morir en esta noche que es todas las noches y no vienes a relevarme. Soy como tu sombra que huye, tu rostro dormido, tu voz en mi silencio, el cuerpo mutilado en el sueño de la noche.
2月12日 Pregúntale a AlejoDe pronto el verano ya era un lugar diferente. Villaseca y carbón y la nueva advertencia del Hombre del Saco. Quiero decir que vivía por primera vez la hermosa aventura de ser niño lejos de casa, con ella vigilante y los días más largos que recuerdo. Nada escuchaba que pudiese entorpecer mi asalto a las mojadas bocas de las minas, ni el estrépito del monte cuando las vagonetas cargadas descendían y yo lloraba mucho por no reconocer a Alejo aún, tiznado y monstruoso, ni más tarde en Carrasconte el ritual de la merienda. Yo pretendía parecerme a uno de aquellos hombres valerosos que hablaban casi siempre sin abrir la boca, como los héroes de corazón tan formidable. Llegada la noche resumiría el poder de las imágenes advertidas como si mañana me marchara, aunque ella dijese que no, que antes tendría que aprender el rumor triste de las viejas sirenas avisadoras de la desgracia, reparar en esos trenes tranquilos, casi melancólicos, y en cómo su humo se desgarra y escuecen los ojos. Como el propio dolor. Precisamente viví los días para contártelos, para soñarte a ti con ellos y creer que era tuya la mano que tiraba y tiraba de Rolindes y, sin poder llorar apenas, le exigías que te llevase con Alejo, al otro lado de todo. Hoy lo transcribo con meridiana claridad. Estabas allí, junto a nosotros, sin saberlo.
2月8日 Sueños apócrifos
Si le pides una rosa por correo a Alberto R. Torices, no sería de extrañar que te la mande porque tiene muchas. Cuentista puntilloso y, en ocasiones, reservado, también es el autor de la serie inédita Sueños apócrifos de donde proviene el siguiente texto. Para ti. Claro está, son rosas cultivadas sin espinas.
LO INEVITABLE
“[...] presenta débiles síntomas de desorden en sus procesos mentales. Tiene escasa capacidad para ordenar su pensamiento, no parece en condiciones de organizarlo o sintetizarlo, perdiéndose en detalles y algunos de sus razonamientos reflejan un contenido «mágico», un desprecio de la realidad...”
A sangre fría, Truman Capote
El día que se entrevistó por vez primera con los asesinos de la familia Clutter —Perry Smith y Dick Hickock—, el estrafalario periodista enviado a Kansas por The New Yorker se alojó en el mejor hotel de Garden City, en una habitación grande y azul, adornada con lo que consideró el “esmerado mal gusto del lugar”. Cansado por el viaje, no tardó en acostarse. Un sueño, sin embargo, le sobresaltó en mitad de la noche. Desvelado, salió de la cama y comprobó que quedaba algo de whisky en su petaca. Vio también su cuaderno de notas, caído a un lado de la cama. Leyó sus últimas anotaciones y escribió a continuación:
“Estaba en un local nocturno llamado The yellow bird, sentado a una mesa redonda en la que, además de mi copa y mis cigarrillos, había una vela y un ramillete de flores de plástico. Era el clásico bar de carretera, uno de tantos de eso a lo que llaman la América ‘profunda’: camareras en minifalda, clientes obesos con camisa de cuadros, música de rodeo, etcétera. Me sentía fuera de lugar, claro está; objeto, seguramente, de las miradas y los murmullos de la gente (no mucha) que me rodeaba. No sabía qué hacía allí y estaba a punto de largarme cuando apareció el presentador en la tarima de las actuaciones para anunciar el siguiente espectáculo. Tras pronunciar los clásicos elogios, terminó: «Con todos ustedes, por primera vez en Las Vegas, Perry O’Parsons, ¡un fuerte aplauso!» Me hundí en mi silla cuando vi aparecer a Perry Smith con su traje claro y sus botas relucientes, pañuelo rojo al cuello, un inmaculado sombrero de cowboy, su guitarra y esa tez suya de mestizo galante. No recuerdo si lo hizo bien o mal; si hubo abucheos, aplausos o mero silencio. Sé que cuando acabó busqué los camerinos. No fue difícil dar con la infecta bodega destinada a los artistas. Ser del New Yorker abre algunas puertas, seguramente también las del infierno. Perry fumaba satisfecho ante el espejo de luces, a la vez que contaba un fajo de billetes. Muy amable, me hizo pasar y se levantó para tenderme la mano. Le cubría el rostro una delgada capa de sudor que le hacía parecer aún más apuesto y viril. Me invitó a tomar algo y conversamos breve y amablemente, hasta que de pronto, dijo: —Lamento tener que defraudarle, señor Capote... Yo no soy como usted. Supongo que me ruboricé y que quise aclarar las cosas. Él me lo impidió: —Pero no se preocupe, amigo. Dick, mi socio, estará encantado de complacerle. Vi entonces a aquel sujeto, demacrado y sucio, igual que en la prisión. Estaba recostado en un sofá, sonriendo con repugnante lujuria. Se levantó y llevó una mano a la cremallera de su pantalón mientras caminaba hacia mí. Ahora Perry me sujetaba. Su abrazo era tan fuerte como el de una boa constrictor. Dick, el atolondrado y arrogante Dick, el inmundo, me dio la vuelta, me bajó los pantalones y, entre las risotadas de ambos... sucedió lo que tenía que suceder.”
El periodista se acostó de nuevo y durmió el resto de la noche hasta bien entrada la mañana. Al despertar, recordó un segundo sueño: Perry, colgado de la horca, con el cuello partido y los pies oscilando, le decía: “Será una gran novela, seguro. Lástima que no pueda leerla.” No muy lejos, sobre una camilla y cubierto por una manta, Dick se incorporó al oír aquellas palabras. También tenía el cuello partido y la cabeza dislocada, pero acertó a soltar algunas carcajadas. Después de darse una ducha y afeitarse, el periodista tomó el cuaderno de notas. Buscó la hoja en la que había escrito, la tarde anterior: Sueña, el infeliz, con ser cantante. Dice que adoptaría el apellido O’Parsons. Sueña, también, con fugarse de la prisión. Afirma que tiene “un plan”. Es todo lo que le queda por hacer al pobre diablo: soñar. Luego, arrancó del cuaderno la hoja en la que había garabateado su sueño y la redujo a pequeños pedazos. No había recorrido medio país para enamorarse de un pobre diablo, sino para escribir su mejor novela. “Aunque lo uno —pensó mientras recogía los trocitos— sea tan inevitable como lo otro.”
2月5日 Dos poemas en la Niebla
(Crónicas para decorar un vacío en la niebla tuvo el humor de publicar estos poemas. Gracias, xen.)
martes 15 de enero de 2008 luis miguel rabanal/música para torpes
AL CAMARADA LE SUDAN LAS MANOS
A saber quién es el valiente que pone hoy en tus labios la palabra ternura ternura ternura. Hoy, que podría ser el último día o si no, el día que levanta la tapa de los sesos al que atienda, tal vez exagere. Hoy, cuando alguien temeroso dispondrá que dulcifique el poema, que dobles tus manos como si no tuvieran sosiego, que habrá que postergar la vida unos minutos. Esta música que hace vociferar si uno se esmera, este silencio gris que sacude tus miembros para no despreciarlos, nos buscarán en la noche y aquel tahúr de antaño limpiará tus babas. Porque llega el niño con su torpedero de cartón a partir la memoria en tres mitades, tú creces hacia atrás, tú reúnes los amargos requisitos del enfermo, tu boca solamente sangra. Asimismo has mirado en los libros donde no cabe la congoja, allí tu voz se desvanece en un tazón de leche fría, te arde sin preguntar la médula que falta. Hoy, cuando de nada sirve haber venido, y te refugias en el escondite contiguo, y consientes después de bostezar, y descubres tu rostro, que es el rostro del que carecía tu colección de angustias. Cerca de ti se recrudece el estruendo, música negra, música del diablo, morfemas que arroja el desocupado a las vecinas. Púrpura para trasnochadores.
AGUZOS
Hay días funestos que nos tiran del pelo y nos hablan al oído con murmullos soeces, es cuando cauterizan mejor las muchas heridas. Conviene estar solo para acallar estas lenguas, nos hacen padecer como demonios sin pronunciar bien nuestro nombre, nos echan de la sala como tantos amigos. Así la flaqueza estira más nuestra piel y nos ata las manos, quisiste presenciar de cerca el horror. Dicen que quema, dicen que el pasado se asusta contigo y comienza a dar vueltas el mal de la asfixia, o sea, el del cuerpo que tuvimos. Yo puedo discernir esa historia, asumir la ignominia y callar. En cambio tú, hombre de pacotilla y tristezas, retuerces tus sentidos y te haces preguntas, preguntas como sales de fruta. Porque para la soledad, para la intemperie que dibujan para ti los niños que devuelven sangre y espuma en este preciso momento no hay palabras que expliquen tu vida. Has vuelto a mirar. En Olleir la memoria se agría, esperas a que ella tienda la sábana más blanca con los dedos cortados de tu madre, notas que no está. A lo mejor nos equivocamos al creer que fuimos un poquitín calamitosos, hay días dulces para ese regreso.
Luis Miguel Rabanal, pertenecientes al poemario inédito: Música para torpes
muchas gracias, LM ufff, la ostia... así por lo bajinis, pa no joder este pedazo música pa mis oídos...
Publicado por xen Vinalia 20:37 Etiquetas: Luis Miguel Rabanal 3 agujeros en la niebla
2月1日 Babas
Cada día un diferenciado terror. Les queda por comprender cuándo será el instante óptimo para alejarse y no escuchar más su condolencia: a partir de ahora sólo apreciar el perfecto matiz de sus arrugas. Para que no los vea, para que nadie interrumpa su clausura, igual que los enfermos se debilitan con la necia visita de los necios, para que no los vea y no llore más por ellos. El cuarto de costura está casi vacío, las sombras lo desvelan, no hace frío ni sopor tampoco. Quizá ella querría ser destruida sin ninguna parsimonia. Hubo una época en que sí era diferente octubre con su manto de ceniza y de agua turbia, clávame tus dedos, decía entre dientes, hazme prisionera. La foto conserva ese preludio, se olvidarán de todo, harán fuego con la imagen o se masturbarán con ella. G. ha querido que así ocurra, con papel se limpia el diminuto arroyo que fluye entre sus piernas, se da la vuelta más y se ofrece más impúdica que antes. Ya es el momento de regresar, le susurra sin congoja, no existe esa pequeña muerte a la que aludes, no me dejes tan campante. Daremos lo no vivido por pasado.
|
|
|