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    December 30

    3 de septiembre

     

     

    (Y como no pienso darte más la tabarra hasta el año que viene, reproduzco aquí esta entrada del viejo Elogio que Crónicas para decorar un vacío publicó el Día de la Salud. Igual que en otras ocasiones, gracias, xen.)

     

     

     

     

    LUNES 22 DE DICIEMBRE DE 2008

    Luis Miguel Rabanal/Elogio del proxeneta

     

     

    3 de septiembre

     

    Ya se sabe que días de abundancia, vísperas del viento. Pues eso se encadena en este laberinto de las pasiones, tan portentoso y simulado, tan hecho a mi medida que aún me sorprende ver mi brío tumefacto a altas horas aportando a los amores venalidad, si cabe más, y grave fantasía, y algún que otro gargarismo. Ellas cumplieron sobresalientemente su dulce cometido del primer contacto, pero yo, una vez franqueado el tal ofuscamiento, me encojo sobre mí mismo, las contemplo desnudas y ojerosas y les doy las buenas noches. Acaso quiero una fulguración heterogénea e imposible. Sus facciones descansan de la faena más hermosa y mientras duermen acaricio suavemente sus rodillas, perfumo sus almohadas con esencia de lilas, miro que dentro de sus cuerpos no se esconda el maligno, el perverso señor del olvido y del desconsuelo. Después recalarán más cuerpos, capaces de gemir con ellas como si les fuera la existencia en ese abrazo, les preguntarán el nombre de la noche y bostezarán un poco porque afuera ya empieza a haber heladas. Confieso tener envidia de tantos mozucos como vienen a disfrutar cada noche con idéntica muchacha. Les traen flores frescas por si se extinguiese de súbito el amor, por lo demás se creen amados, perdonados, o favorables a morir porque sus muslos no puedan rodearles otro poquitín. Y hoy volverán y volverán, incluso, mañana a medianoche.

     

    ********

     

    No es lo mismo mirar las sombras que han dejado sobre los muebles los oficios: en los relojes horas manchadas de sudor y brandy, en los cuartos múltiples toallas adivinadoras del gozo virulento y masturbado hasta saciar el apetito. No es igual mirar eso que dar la vuelta y encontrarse en el corredor oscuro a un doble que vigila, sin más, nuestros pensamientos, permuta los enfoques si le da la real gana, nos mira con repugnancia y añade anda con cuidado, amigo, te espero todavía. Hay colores ahora que convidan a reflexionar de otra guisa, la tarde que volvió a irse sin darnos nada a cambio, el ruido de los coches, triste y fluvial y monótono como los poemas asustados de A., la calle que distingo desde mi ventana, imbuida de gentes que no subirán jamás a verme y saben que el prostíbulo es un breve paraíso vedado siempre a sus resecos labios y no se lo permiten. Allá ellos. Me inclino a creer en su incredulidad y en mi menosprecio, en esa mujer cargada de bolsas de la compra que llega a su casa con un daño intensísimo de brazos y nadie la espera para abrazarla mucho; o si no en ese carcamal, de más o menos mi edad y mi estatura, que como cada mañana escupe en la acera su flema de dolor y sus años perdidos en un frente de batalla

    tras otro, y se fatiga, e insulta a las criaturas que lo atropellan con sus veloces patines plateados. La vida es ese putón recién lavado y vestido de viuda en el relato Les Tombales, de Maupassant, que no perdona haber sido violada, una sola vez, por alguien que conoce. O acaso no guarde relación con este cuento y yo esté equivocado. Si es así... Hace una barbaridad que nada sé del sexador Jesús H., el recobrador de memorias...

     

     

    Publicado por xen Vinalia 2:53 0 agujeros en la niebla   

    Etiquetas: Luis Miguel Rabanal

     

     

     

    December 27

    Monsergas

     

     

    Levantarse, bien sea con el pie derecho o con el izquierdo, tendrá su mérito. No digo que no. Incluso levantarse cada mañana con los dos piesecitos por delante, al unísono, debe de ser maravilloso. El problema surge cuando un día tras otro, con frío y con calor, invariablemente, te levantan. Y es que con ello se acabó la posibilidad de saber si la tarde de hoy será fructífera en silencios, si esta noche el dolor escribirá por ti y con tu mano líneas peliagudas. O todo lo contrario. El azar, parece ser, ya terminó contigo.

            

     

    December 23

    Los poemas de Horacio E. Cluck 2

     

     

    COMO LAS TORMENTAS que desvanecen

    del pasado cualquier acto enojoso

    con un aire terrible y es herrumbre vivir

    a la espera de un sol que nos llame

    extranjeros, un río crecido o una voz

    deslumbrada por la melancolía.

     

    Así te despojas de la blusa granate

    que esconde la vida únicamente,

    alondra de luz entre tus senos,

    y en nosotros se celebra el final

    de la impostura.

    Si  buscamos vivir al margen del cuerpo

    derrotado, como dos viejos asesinos,

    sobra el presente y el amor no basta.

     

     

     

    EL EXTRAÑO TIENE su voz deshecha

    por el hielo y se dirige a un lugar

    siniestro, probablemente ese almacén enorme

    en donde se subastan muchachas,

    a estas horas de luna impredecible

    y rostros señalados por almagre.

    Mientras dura el engaño se viste como ellas

    porque no importa mentirle a la vida,

    ni robarle al olvido muslos ignorados

    sin amor y con furia.

    De sobra ya conoce el yeso frío

    que sucede a las risas y a los labios

    más rojos que la sangre,

    pero nunca suyos.

    Quiere su amor que la bondad no guarde

    en sus bolsillos más días como el de hoy.

    Un hombre extrañamente solo

    que tras de sí arrastra el cuerpo inerte

    de Betty, la putita más dulce

    de la Tierra.

     

     

     

    December 20

    Curva de la muerte

     

     

    Sentían los niños una rara fascinación por subir hasta allí y, acuclillados ya en el borde de la carretera, en aquellos murillos de musgo, calmaban su sed y se contaban historias de hacía treinta años, miraban el álamo réprobo y proferían porque sí palabrotas, porque el verano termina y termina con él la mirada imposible.

    También en verano, pero hace muchísimo, dos camionetas renqueantes se detuvieron en esta misma curva. Tres hombres ensogados aguardaban su destino mientras los otros, con negras pistolas y camisas azules, sonreían y buscaban en sus bolsos algo que liar para matar el tiempo. Esperaban la orden.

    Desde antiguo los niños han sabido que los inocentes reposan en el recodo, amparadas sus tumbas por escobas y una época impunemente cobarde, a la orilla del mundo, con mañanas de sol y heladas noches que ya nunca más vivieron. Los niños, a su modo y cada año, los visitan.

    Clavan sus ojos en los montones de tierra preguntándose, acaso, cómo fue el resplandor en la madrugada de las armas, si fueron asesinados como acostumbran a practicar en las películas, sin compasión, tan duramente. Hablan entre ellos de emular el gesto glorioso de uno que antes de ser tiroteado con premura los escupió en la cara. Bah.

    Al caer la tarde descienden y en La Espina apedrean el pajar de Teo, desearían quemarlo mas no se atreven todavía a guardar rencor a quienes desconocen. Mejor dormir pensando en actos temerarios y en el sudor terrible de la sangre.

     

     

    December 16

    Los poemas de Horacio E. Cluck

     

      

    A LA HORA EXACTA de la contemplación,

    cuando los búhos son hermosos vigías

    de la última noche

    y hay fantasmas que acarician princesas

    blandas como la podredumbre,

    o caballos huyendo de la piel

    porque no amanece nunca,

    yo escribo desde otro mundo ajeno,

    el de las figuraciones imposibles.

    Detrás de este reloj se esconde

    también el frío. 

     

     

     

    CLAVAN SUS OJOS en la negra probabilidad

    de confundirse con alguien que anota el curso

    imborrable de la vida.

    Muestran en los bares su arma predilecta,

    la pasión estragada del sexo en penumbra,

    y leen poemas al atardecer

    porque están inmensamente solos.

    Exhalan un humo tan azulado

    que les hace parecerse a quien niegan

    mejor.

              El hombre sin ninguna estatura,

    el hombre de cabellos en ascuas

    que a su paso grita el fin de nada.

    Ya creen poseer la verdad

    y abonan su ginebra

    y se sonríen.

     

     

     

    SIEMPRE HAY UNA LUZ al fondo

    que enceguece y duplica los objetos.

    Un relato que habla como un susto

    de la infancia,

    de los hombres con saco y la muerte

    advirtiéndolo todo.

    No importa.

                     Que se vayan el azul del cielo

    y la música de Parker, los niños

    sollozando y esa nieve que es mía.

    Alguien abrazará mi cuerpo

    cuando me derribe el puño ensangrentado

    de Franz, el generoso.

     

     

    December 13

    Historias de bastardos

     

     

    Pepe Pereza se viste de niño otra vez.

     

     

     

    HISTORIAS DE BASTARDOS

     

    Yo estaba sentado en el jardín de mi casa cuando lo vi llegar con la escopeta al hombro y acompañado de sus tres galgos. Era el hijo mayor de Manuel, uno de nuestros vecinos del barrio. Como buen cazador salía casi todas las tardes con su escopeta y sus galgos. Esa tarde le seguían algunos niños y cuando cruzó por delante de donde yo estaba, vi que arrastraba dos bastardos muertos de unos tres o cuatro metros de longitud. La visión de aquellas culebras me heló la sangre. No podía imaginarme que las hubiera tan largas. Algunas veces, nosotros nos habíamos encontrado con pieles secas por el campo, pero nunca de esa longitud. Pensar que por los alrededores podría haber semejantes bestias me hizo sentir angustia y miedo. Recordé las historias que contaban los viejos sobre los bastardos que entraban en las casa de las madres recientes y, en la oscuridad de la noche y mientras la madre dormía, el bastardo se arrastraba hasta su cama y mamaba de sus pechos. Los viejos contaban que para atraparlos había que echar harina por el suelo de la casa, así el bastardo al arrastrarse se delataba dejando su huellas. Recordé también aquella historia que mi madre nos había contado alguna vez a mi hermana y a mí. Una historia real, según ella. Resulta que en el pueblo había un pastor que durante sus estancias en la dehesa entabló una especie de relación con un gran y viejo bastardo. Cuando el pastor silbaba de una manera particular, el bastardo salía de su escondrijo para reunirse con él. El pastor le dejaba un tazón de leche que la culebra bebía de inmediato, después regresaba a su agujero. El pastor se fue a cumplir con el servicio militar. En uno de los permisos regresó al pueblo acompañado de un soldado con el que hizo amistad. En un paseo por la dehesa, el pastor le contó a su amigo su relación con el bastardo y para demostrárselo silbó de aquella manera particular. El bastardo acudió al silbido pero como no había tazón de leche atacó a ambos. Recordé lo que contaban sobre los ataques de los bastardos, que clavaban la cabeza en el suelo y utilizaban la cola como si fuera un látigo. Me estremecí solo de pensarlo. Podía escuchar la voz de mi abuelo contándome eso de que a los bastardos muy viejos les crecía pelo en la nuca… Se me puso la piel de gallina y una especie de incertidumbre agitó todo mi cuerpo. Creí escuchar un crepitar de hojas entre las plantas del jardín. Tuve miedo de que un bastardo me estuviese acechando y entré en casa aterrado. 

     

    -¿Qué te pasa? – Dijo mi madre al verme en esas condiciones.

    -Nada.

    -Estás pálido.

    -No me pasa nada.

    -A ver si todavía tienes fiebre…

     

    Me puso la mano en la frente y la mantuvo ahí durante unos segundos.

     

    -…Fiebre no tienes… ¿no te habrá sentado mal algo que has comido?

    -No sé.

     

    No quise decirle que lo que tenía era miedo. Miedo de los bastardos. Si se lo hubiera dicho, estoy seguro de que se hubiera reído de mí.

     

     

     

     

    De su libro inédito " Los colores de la infancia".

     

     

    December 09

    Los vencidos

     

      

    (Los muchachos de Reza lo que sepas incluyeron hace unos días en su pliego repleto de oraciones este poema. Gracias, Dani.)

     

     

     

    SÁBADO 29 DE NOVIEMBRE DE 2008

    Los vencidos

     

    Allí, en aquella deslucida ciudad, no se miran los unos a los otros,

    ni siquiera se visten cuando el frío busca sus entrañas

    para perturbar su severa estirpe de hombres muy oscuros.

    Tampoco se distinguen, precisamente, por su adoración al recuerdo.

    Se les ve tan amargos que aflige saber caídos sus nombres en las calles,

    pintados por niños que no son nada suyo, una hija pequeña

    que aguarda su lección todavía, un hijo que se sabe todas las batallas

    y no le dice nunca te quiero o mañana es tu santo.

    Bajo los árboles descansan cada tarde de una enorme pelotera

    y regresan con rostro decrépito a las casas sin nadie,

    y su vómito es triste como el paso turbulento de las horas.

    Algún día llegará en que creerán haberle ganado al tiempo

    la disputa, la edad que no comprende, el dolor en el abdomen

    de la mujer que les despacha el placer con uñas pintadas de albayalde

    y el vodka, también sigiloso, de costumbre.

    Son tantos que a menudo se nos antoja que se vayan muriendo

    poco a poco, silenciosa, agriamente a ser posible.

    Si pudieras mirar dentro de sus ojos seguro que hallarías venados

    dormidos y sables con herrumbre, latas de conserva

    para resistir dos días más el asedio y un barco que los lleve

    a Veracruz o al mismísimo infierno, no importa.

    Sin embargo no hay ya mucha esperanza para ellos y con lentitud

    se arrastran por estas calles sin sol y más tarde se sumergen

    en profundas controversias delante de los otros,

    al pie de las estatuas de los insignes caudillos, o lloran gratamente.

    Ni escuchan, cuando menos, la rotunda voz herida de las gaviotas

    que avisan del mar malo, del sobrecogedor catarro de los hombres.

    De este político que hoy llega, por fin, a arreglar sus impuestos.

     

     

    Luis Miguel Rabanal. La última vez. Ajimez Libros, 2000.

     

    PUBLICADO POR DANI A LAS 12:00 0 COMENTARIOS  

    ETIQUETAS: POESÍA

     

     

    December 06

    Focos

     

     

    Música antigua para tu dolor. Confuso remedio con que mitigar el gemido, vas a denostar a quien sujetó tu cara en el minuto apropiado, llorabas sin fin. Al amanecer, y por enésima vez, cuando más sangrante es la espera, tienes que desplegar tus muslos para que sea él quien vocalice el sufrimiento, no habrá más manos que las suyas cuando estanques en tu corazón el titubeo y si no, duerme junto a tus muñecas de hule la resaca. Música antigua e inocua mientras no digas el color infausto de tus ojos, sin lágrimas ya, sin nada que ver cuando lo esperabas tanto, lo mismo que ellos. ¿No será quien no imaginas el que sorbe sin levantar sospechas de tus senos? ¿Amará contigo lo que más enrojece? Y por último, ¿serás feliz así, con las vísceras tachadas por dos o tres tritones? Leche de almendras y libros de Faulkner hasta tu retorno.

     

     

    December 02

    Paul Celan

     

     

    Voces, rasguñadas en el verde

    de la superficie del agua.

    Cuando el alción se zambulle,

    rezuma el instante:

     

    Lo que se puso de tu lado

    en cada una de las orillas

    penetra,

    segado, en otra imagen.

     

    *

     

    Voces, procedentes del camino de ortigas:

     

    Ven de manos hacia nosotros.

    Quien esté solo, con la lámpara,

    tiene únicamente que leer la mano.

     

    *

     

    Voces, entreveradas, sogas

    en las que cuelgas la campana.

     

    Arquéate, mundo:

    Cuando el molusco de la muerte se acerque nadando,

    empezarán a tañer aquí.

     

    *

     

    Voces, ante las que tu corazón

    se retrae al corazón de tu madre.

    Voces, procedentes de la horca,

    donde la madera de duramen y la de albura las capas

    cambian y cambian.

     

    *

     

    Voces, laríngeas, en la carbonilla,

    también en ellas cava lo infinito,

    (cardio-)

    mucoso arroyuelo.

     

    Pon aquí los barcos, niño,

    que yo tripulaba:

     

    Cuando una ráfaga se impone en medio de la nao,

    se cierran las abrazaderas.

     

     

     

     

     

    Del libro Rejas de lenguaje, Ediciones Sexifirmo, Ávila. Madrid 1975. Traducción de J. Francisco Elvira-Hernández.