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11月30日

No hay nada que un hombre...

 

 

El maudit David González, "El Rizos" de la poesía última española, como lo llama cariñosamente Carlos B. Alegría, no tiene parada. Blog a diario, recitales, presentaciones, antologías... Además, escribe poesía. Buena prueba de ello es el libro No hay nada que un hombre no pueda hacerle a otro seguido de La caza espiritual, que será publicado en 2008 por la editorial canaria Baile del sol y de donde se ha escapado este demonio.

 

 

 

EL DEMONIO

 

         tú tienes que tener

         un ángel de la guarda

         con unas alas ASÍ DE GRANDES,

 

         me dijo hace algún tiempo

         el escritor gabriel oca fidalgo,

         después de una lectura de poemas

         que di en el CCAN

y        en la que había reconstruido

         fiel, minuciosa y objetivamente

         mis crueles experiencias carcelarias,

y        nada más decirme eso,

         el escritor gabriel oca fidalgo,

         a modo de ejemplo ilustrativo,

         sonriéndome, desplegó SUS PROPIAS ALAS

 

         esta misma noche

y        a pesar de los dos comprimidos de color azul[1]

         mientras dormía

y        a lo que parece

         mientras soñaba

         escuché la voz

         de ese supuesto ángel de la guarda

         al que hacía referencia mi colega

         el escritor gabriel oca fidalgo:

 

         La poésie, empezó, c`est…

 

         un destin, le corté, non un métier,

         terminando en su lugar

         el pensamiento del enorme poeta ruso

         Varlam

         Chalamov

 

y        el tuyo es despertar, me dijo el ángel

 

         ¿para qué quieres tú que me despierte?

 

         para que no la palmes, por ejemplo:

         tu nivel de azúcar en sangre es de 33 mg:

         estás sufriendo un episodio hipoglucémico

 

         como diría mi hermano alí

         me desperté ¿cagando qué?

         cagando leches me desperté, alí, hermano,

y        lo hice, me desperté,

         envuelto en una mortaja de sudor

y        entonces, al encender mis ojos

         se encendió también la luz del dormitorio

y        a pesar de los temblores y de los mareos,

         del dolor de tarro

y        de mi confusión y mirada vidriosa,

         pude llegar a ver con absoluta claridad,

         con una claridad celestial,

         a mi supuesto ángel de la guarda:

 

         era un ángel de la guarda acabado:

 

         encontrar entre sus escasas plumas

         una de color blanco

         era tan difícil, por no decir imposible,

         como encontrar entre los hombres

         uno legal

 

         era un ángel de la guarda del todo acabado:

 

         apenas se tenía en pie

 

         las alas, o lo que quedaba de ellas,

         cruzadas,

         como un hombre solitario

         que tratara de protegerse del tiempo y de la naturaleza

         tirando de las solapas

         de un abrigo deshilachado

 

         después las desplegó, sus alas,

         concediéndome la gracia o la desdicha,

         el horror,

         de asistir, en su desnudez, a la prematura,

         imparable e implacable

         decadencia del cuerpo humano

         que se refugiaba detrás de ellas: un cuerpo,

         que de humano, todo hay que decirlo, tenía ya más bien poco:

         un manojo de huesos rotos

y        descoyuntados, sin una pizca de carne,

y        a los que, no obstante, se agarraba,

         como si de una sanguijuela se tratara,

         una piel hecha de arrugas,

         una piel acartonada,

         como la de los gusanos del mezcal, una piel así,

         que había muerto molida a golpes, a quemaduras

y        a cicatrices

 

         de esto, me dijo el ángel, de todo esto

y        de más, es de lo que yo te he guardado

 

         mientras me arrastraba por el suelo

y        trataba de llegar a los sobres de azúcar

         -lo más rápido en estos casos-

         escuché los pasos, inconfundibles, de Ángeles,

         mi mujer,

         que subía, no sin esfuerzo, por la escalera,       

         después de una dura jornada nocturna de trabajo

 

         mi supuesto ángel de la guarda comenzó a disiparse

 

         ya no puedo seguir protegiéndote por más tiempo, me dijo

 

         los ángeles están abandonando las alcobas de todas partes[2]

 

         después, el sonido familiar de la llave

         abriéndose paso en la cerradura de nuestra casa

 

         mi ángel de la guarda

         se había ido para siempre jamás

 

         pero había otro, pensé, entrando por la puerta

 

 

 

1 Valium 10.

2 La frase en cursiva pertenece al escritor norteamericano  William S. Burroughs.

 

 



 

 

11月27日

Poemas para leer en el momento justo

 

 

Otros cuatro poemas de "Lugares", plagados de nombres de andurriales y de personas que se han ido.

 

 

 

IX

 

Ella pensaba que las nubes provenientes del Sardón

eran las peores, arroyos que bajan con furia

hasta el comercio de los de Miguel,

granizos como puños

en el huerto de guisantes de Mimi.

Ella pensaba que no podrías marcharte.

 

Al atardecer, en Valdeluna, se murmuran

indecentes palabras,

te arrancaré de cuajo si me dejas los brazos.

Ella objetaba multitud de vaticinios al amor,

separarás mis muslos,

te adentrarás en mí y no estaré contigo,

vas a multiplicar en mi cuerpo la congoja,

el placer y el dislate.

Tormentas que persiguen al ñubero lloroso.

 

El Castillo en ruinas y su desconsolada princesa,

ninguno como tú para con nardos

lamer sus salivas y por fin sucumbir.

Sería en Trascastro una sola vez

o de vuelta a casa la enorme aparición.

Variaba el color de sus cabellos, sin ropas

y quemando sin cesar.

 

Días y días tachados

de la agenda de un dios imbécil.

Dentro de su boca habitaba la lluvia,

serías el último en andar

y el fuego ardía en los pajares

o era en tu pecho y su pecho, como embaucadores

que ciñen la inenarrable cintura de lo presumible

para destruir la irrealidad y hacerle pucheros.

Tormentas hermosas...

 

En la linde cocos relumbrones

para esclarecer la noche.

 

 

X

 

Crecen con apremio igual que el tormento,

añejas estampas que olvidaron

en el baúl los buenos desterrados.

Iglesias provistas de chupiteles, no has vuelto a beber

desde aquella,

te declaras cobarde porque es pequeña la dicha.

 

Crecen con apremio, una imagen y una imagen

que tratan de vosotros y de los que se han acercado

a mutilar con su impasibilidad el vagabundo recuerdo,

instante de necia servidumbre que golpea las sienes

de alguien hasta hacerlo sangrar.

A Valdaldón, casi seguro, regresan los lobos.

Apenas creerás en lo que entonces creías,

mujeres enlutadas que lavaban en presas,

niños como tú ocultos

en la Arenera Grande para nunca ser encontrados.

A veces te contagias de la peor sumisión.

 

Seguramente estás perdido, los cazadores

pregonan las señas de quien falta,

el rostro ensangrentado.

Miraban sus armas y no eran de madera tampoco.

Te pareces tanto a él que me produce pesar,

guerreros que han podido ser crueles

y cortan gargantas.

 

Sospecho que es el afilador.

No intuyes en tu mano temblorosa su pulso:

 

extraviarse en los Orrios más tarde

para con serenidad fallecer.

 

 

XI

 

Cierra bajo llave los libros antiguos.

Se le alcanza a ver viniendo

de las huertas sombrías, yace aquí

un hombre macilento que debió ser

enormemente afortunado.

Aborda a la figura que representa

lo atroz del crepúsculo.

Recuerda una canción que decía amores cansinos

y labios encarnados que abrasaban

tan bien.

 

En la Devesa de Valcarce se figuró sin límites,

muchacho que conversa con el cuco y la abubilla,

que atropa la leña calcinada de Ovidio.

Y se masturbará con empeño después.

Las gentes del lugar lo llamaban el bobo.

 

Al volver, ya no existe Olleir.

En ocasiones gritaba su dolor

para que no lo escucharan,

huesos que crujen tanto al rodar,

la sangre manando del oído

que destrozó el tirador anónimo.

Es probable que todavía conste en Las Calzadas

su nombre,

el nombre impronunciable que calló la muerte.

 

El niño sentado en la Piedra escucha el avión

entre las nubes,

su batalla magnífica.

Es intensa la niebla y no es verdad lo que dicen.

Quería ser él, negro por el humo

y a grandes zancadas venir

a llamarlo, una mujer desnuda en el camino,

no sabes.

Tú también lo querrías.

Llagas en los pies y pupas severas en la boca.

 

 

XII

 

Desde Oterico a Socil,

se ceñirá tu universo a los senderos

que cicatrizan para siempre y de par

en par la memoria.

El espacio que nadie habrá hollado por ti,

la fragancia de las sebes

fatal e inútilmente quemadas.

 

Muchachos y un balón desinflado.

Techos de cuelmo,

allí irían a parar tus adversidades efímeras,

señales en tu frente de que has luchado de sobra

y de sobra perdido.

Muchachos y muchachas de rabilada y alegres,

un beso sin enojo

y ella no descansa bajo tu cuerpo.

 

Se apartan de ti las horas magníficas, hoy

sucumbes también al desamparo

que desordena tus hojas

e insulta al que desfila.

Justicia y ladrón.

No vuelvas a hacerlo.

 

Es obediencia del que quiere escudriñar

el tramposo sonido del amor,

anudas sus muñecas al espino

que crecía junto al Puente,

escribes su apellido

para no tener que olvidarlo, te juro

que es verdad y no hay caricias capaces

para tan grande placer.

 

Te aguardaban,

los niños jugaban a los botes, tu madre

cosía sin dormir

el vestido muy negro de Celia.

 

 

11月23日

La 403

 
 

médicos, jazz, rehabilitación, poemas, condones olvidados en la 403 (mirar si están agujereados), tus manos en mis vértebras, mi polla que se hincha sobre la colchoneta (me siento asqueroso, sólo pido que no me mandes dar la vuelta), poco curro, es el lun, el lun-vago, guerra de agua con el botones, un paisano intentando levantar un sarmiento (creo que es su brazo, me siento asqueroso), subo la potencia de los electrodos envueltos en una esponja (sí, húmeda), boto, reboto en la camilla (desde que no bebo ni me drogo busco alternativas), tus manos, los expedientes se acumulan en la mesa, dejar de entrar en tu porno-tv (chicas 123, pornorama) y escribir, perseguir a la de pisos, lograr quitarle un zapato, descuido, la tarta que chorrea por mi cara (venganza de la de cafetería por echarle sal en el pastel), alejarse del orujo, huir de la comida, cagar a pulso, recoger del suelo a la de cocina que partió (70 kilos de lomos de pescado en los suyos y la tía quiere seguir currando), sigue el mismo moco pegado en el cagadero, un pelo lo atraviesa, sobre el pezón de una que se folló a una que se tiró a beckhan ese, indagar si los condones regalados son una indirecta, porque si no la puta al río (que dicen en mi pueblo), tu cara que me mira, tus pechos a un crujido de mis vértebras (es la distancia de las ondas cortas), soñar contigo, quitar de mi cabeza a esa otra (fantasma que aparece y me jode los sueños), volver a sentir unas manos en mi espalda (sin pagar), faltan tres condones de la caja, alguien pensó que era un ambientador de pino, olvidar a la ucraniana, a lo mejor a ese alguien le vendría bien un ambientador en su bul (fijo, y de pino hasta dentro), cargar, pujar, contar las sombras que me acechan, dejar de huir, dar la cara y decir: esto es lo que hay, quiero tus dedos entre mis vértebras... en la 403... menos tres...

 

igual a nada: una manta eléctrica me acompaña...

 

un par de electrodos de esos en los huevos... estaría bien, opino

 

 

 

 

Alfonso Xen Rabanal, en esencia. Mi primo que no lo es. Magnífica bufhada. ¿A que sí? Entrada publicada por xen vinalia el 18 de octubre de 2007 en su Blog de niebla.

 

11月20日

Todo es Borges

 

 

Álvaro Valderas, la otra mitad de "Derviche" y el inolvidable autor de Libro de cruentos y Bloody Mary: siete cuentos ejemplares sobre vampiresas, vuelve a las andadas. En esta ocasión con Todo es Borges, libro inédito, por ahora, del que se reproduce en su integridad el Prólogo.

 

 

El recaudador de textos

Prólogo que es mentira

 

León se ha quedado en nada, pero tiene el mérito de continuar cayendo. Como dragón de ladrillo y piedra, supura fracaso por sus mil heridas, agua, las calles eternamente regadas que cobijan charcos en los que caben los brillos de farolas y de estrellas. El fracaso se siente negro en el corazón, pero cuando camina el mundo es transparente, brazo de mar con el que nuestros sucesivos gobernantes se han empeñado en ahogarnos, quizá para lavar sus pecados y los nuestros, tan abundantes desde que decidimos de una vez por todas colgar las armas, como si al no correr borbotones de sangre auténtica por el empedrado no se bombease ni una sola gota a través de nuestras venas.

Aquí hasta los bares con sabor e historia han ido desapareciendo. Resultaban peligrosos para el Estado porque en ellos se reunían chavales a maquinar fanzines, hablar de música, intercambiar ideas sobre pintura o mostrarse fotografías. Allí quedaban los grupos de teatro para hablar, las asociaciones de cinéfilos y los ajedrecistas. Al fondo, un chico gastaba la espera en ultimar unos versos mientras su novia salía de clase, retrasada en cocer una vidriera.

          Ahora los han modernizado, no quedan rincones oscuros para los dedos ágiles, como hubo en el mítico San Isidoro antes de las bombillas, o cuentan que en el Bristol, arriba, ni quedan copas de anís o brandy sino en reductos de abuelitos, e incluso en ellos escasean por las imposiciones del médico y de las dietas. Han aclarado el color de las paredes, que huelen a nuevo, han abierto ventanas a la calle para que la policía nos vigile mejor, y han provisto a la sala de un mobiliario tan caro y de diseño que da pena mancharlo con una gota de café. La radio, de fondo, ha perdido cualquier entidad como transmisora de cultura, quedándose en escaparate comercial que repite desesperadamente éxitos que lo son gracias a que suenan en la radio a todas horas. La misma música en todos los locales, incluidos los supermercados, los coches que pasan, las tiendas de electrodomésticos; la misma mala música exitosa. Apenas cuatro cuevas de punkis, piratas y reaccionarios escapan a este denigrante pensamiento único.

          La actividad intelectual ha desaparecido casi por completo, pese a una Universidad más grande de lo que nunca había sido. Se ha fomentado el deporte desde arriba, supongo que para restarle horas de estudio a los curiosos y de creación a los artistas, y para justificar presupuestos. Pero acodadas en las barras de los bares, seguramente algo borrachas de frustración y mal vestidas, por las carencias, en los parques al sol, haciendo guardia cerca de las ruinas, en el segundo piso de una casa vieja que huele a humedad y pintura a partes iguales o en la estación de autobuses dispuestas a embarcar, en cada uno de los puntos cardinales, hay personas perdidas de desilusión a quienes el extranjero conceptuará mal en una primera impresión, gentes a las que podrás tratar durante meses con la condescendencia de aquel a quien la fortuna ha pagado mejor y que, de repente, sin previo aviso, acabarán sorprendiéndote cuando te cuenten que han publicado siete libros, que la última exposición la hicieron en una sala muy elitista de Alemania, que dirigieron una veintena de cortometrajes y se hundieron en el primer largo, aunque se les sigue respetando el nombre como autores de culto. Y todo es cierto, incluso mucho otro que se callan o de lo que no se acuerdan entonces. No existe un lugar en el planeta tan plagado de genios maltratados, apagaditos y tristes, que rozaron la gloria hasta un momento indeterminado en sus vidas en que, cada uno por una causa, perdieron el tren, se diluyeron. León, me dijeron hace poco, está repleto de hombres invisibles.

          Yo lo sé bien, porque participo de su poca suerte y de la poca estima en que me tienen hasta los bancarios, esas hormigas inútiles que ni siquiera se llegan a plantear para qué han nacido. Lo sé bien porque me he convertido en la memoria de muchos de ellos tras haberles servido alcohol en el pub durante años, donde les di palique y calor, también, y aprendí a escucharlos. Después me llegó la cuarentena, me tomó al asalto, sin apenas haberme dado cuenta de que me había hecho tan mayor y ya no podría optar a una muerte hermosa, como decía Mishima, y no me quedaba otro remedio que aferrarme a la vida hasta que la degeneración ya comenzada acabe por desgastarme. El éxito me había huido, y la edad del arrojo. Bien podía contarme como un miembro más de este grupo que, gracias a no haber destacado en nada, no había logrado ni siquiera enemistarme con nadie, posición ideal para un compilador.

          La presente aventura comenzó en el año capicúa, cuando me bajó del cielo un pagano para mi eterno proyecto de la antología de malditos. Tiré de agenda y en una semana había confirmado las siete colaboraciones: Mateo Domínguez, Miguel Pedrera, Justo Arias, Rogelio Salvador, Rafael del Río, Manuel Iglesias y yo mismo (para esto último tuvieron que convencerme, pero soy presa fácil). Mantuvimos dos meses inacabables de reuniones en el CCAN para depurar la idea, que partía del palimpsesto y del plagio pero que al final nadie sabía ya exactamente hasta dónde nos podría llevar. Mateo, evangelista de pro y dueño de una voz poderosa y encandilante, utilizó el verbo de manera precisa (y en especial esos puntos suspensivos que le salían, no sé cómo, más de la garganta que del pensamiento) y nos convenció, entre humo, de que todo es Borges, en definitiva, todos los libros componen un solo Libro de Arena cuyas frases se funden cuando cerramos las tapas, se reordenan y nunca podremos volver a leer las mismas, porque nadie puede bañarse dos veces en el mismo libro. Y también es cierto que todas las bibliotecas del mundo son, en el fondo, un solo y gigante libro, un texto de arena en que se pueden –bajo el astuto filtro de nuestra memoria, y ella bajo el capricho de los varios inconscientes- mezclar las obras, los diferentes autores, sus biografías y sus ideologías.

          El juego que nos propusimos fue simple y a la vez absoluto, compondríamos nuestros propios textos con palabras, frases o letras de otros anteriores, se admitían ideas como la del collage con partículas de periódico, poesía con fragmentos del BOE, necrológicas con versos de Miguel Hernández. A la larga, todo nuestro lenguaje se articula con un puñado de símbolos y, quien haya empleado los necesarios en la frecuencia suficiente, habrá escrito sin saberlo y ocultamente El Quijote. Todo es Borges, de nuevo.

          Una carencia que lamentamos pronto fue la de traductores en el grupo; nos hubimos de conformar con el castellano como lengua única. Pasaron tres meses, luego seis, no desesperé pero sí reconozco haber gritado, pasaron nueve meses, luego doce. Al final, como es obvio, pude recoger las cuartillas de unos y los diskettes de los otros, justo cuando parte del mecenazgo se había perdido. Se buscó más, y se empezó a pelear con una imprenta (quien no sepa lo que es eso, que no pruebe). Como siempre. Y, mucho después de haber aparcado el proyecto, apareció una editorial, a la que costó poco encandilar, luego mostrar el material, transigir, corregir, aceptar, denostar, reconocer que tenía razón y dejarlo todo en sus manos. Vinieron los retrasos lógicos. A la hora de la publicación ya me rondaba la impertinencia de incluir en el título la indicación “Obra parcialmente póstuma”, pero no llegó la sangre al río.

                                          Al fin estamos aquí.

11月16日

En Olleir las llamas

 

 

Escucha, encontrarás a quien una tarde quiso robarte la niñez sin nada ofrecerte a cambio, pero existe el perdón y contemplas su rostro envejecido, y crees haber regresado a los días de júbilo enorme y de tenaz pesadumbre, ya sabes.

Como él, también tú pronuncias esas palabras terribles que significan daño y pereza, te ata las manos la memoria y sueles confiar aún en la vida, pues si no qué ligaduras habrías de romper, qué conocimiento podrías ofrecer a tus contrarios para salvarte, o qué amores llevarte a la boca como si fuese un veneno más dulce este propósito tuyo de contar el tiempo, y de excluirlo. 

No debes volver, te dices a ti mismo cuando sufres el mal incurable del desánimo, ya las llamas se llevaron tu ropa de muchacho enfermo y las cenizas las guarda un hombre triste que nada ya recuerda. No debes volver, y que los años que fueron la red donde caías sin mancarte te asombren ahora con su guiño horrendo, como hace la sacavera y el pájaro muy gris de Montecorral, y que la noche nos utilice para entorpecer todo cuanto amas.

De cualquier manera ya crece el espliego donde ayer jugabas a morir a manos de un atemorizado gladiador llamado Isi y te enfurecen sus gritos de socorro. Qué importa el cuenco donde su sangre se espesaba y parecía mentira.

11月13日

Ya tengo el periodo

 

 

Él comienza por confesar abiertamente su, cada vez mayor, animadversión por la política y, sobre todo, por los políticos.

-Un sarpullido.

Él cree advertir, desde su posición nada privilegiada de espectador iracundo de telediarios, que los políticos han comenzado antes de tiempo a hacer de las suyas.

Demasiado antes de tiempo, para su gusto.

-Será una farsa.

Él dice que todo son mentiras, mentiras y más mentiras.

Él confiesa también que sólo hay una cosa que le cause bastante más desazón que los políticos.

-Las sotanas.

Aunque más bien habría que decir los que las visten, esos monigotes, santos, sí.

-Pero monigotes.

Él vuelve a decir que todo son mentiras, mentiras y más mentiras.

Ayer los del partido del gobierno: a partir de hoy limosnas, limosnas y limosnas.

-...

-Y muchas zetas.

Él solamente repara en las sonrisas estúpidas de los candidatos.

Y en los besos estúpidos de los simpatizantes que, por lo que se ve, están dispuestos a creerse los embustes.

Si no recuerda mal..., pero para la señora ministra no era el momento entonces y para el señor ministro actual la sociedad española no la reclama.

-¿La vida digna?

A él le pareció oír que el señor presidente del gobierno afirmaba que no iba a estar contemplada en el programa.

Si no recuerda mal, en el anterior programa sí que estaba contemplada y.

-O lo que es igual, hostias.

Él vuelve a decir que todo son mentiras, mentiras y más mentiras.

Y no se explica por qué a la gente no se le ocurre dejarlos solos, a los políticos, apartarlos, que hablen sólo a las paredes, que nadie les agite las banderitas, que lo hagan ellos con frenesí si les apetece hacerlo, que se escuchen a sí mismos, que la televisión los pille in fraganti en los lavabos llorando de impotencia.

Y, por supuesto, nada de acudir en tropel, como tontos, a las urnas cuando llegue el día, que también se voten ellos solos.

-Y que les den.

Todavía conservamos las sotanas.

-Beatificando, siempre beatificando.

-...

-Señores, la campaña, el periodo electoral, la bobería.

-Paparruchas.

-¿Ya tengo el periodo? A mis años.

Ayer los del partido de la oposición: convenciones por doquier, nueva imagen menos perra.

Para qué la memoria histórica si ellos lo tienen ya olvidado.

-Por ejemplo.

Ni en desiertos remotos ni en montañas lejanas...

¿Y los monigotes?

-¿Los que se pegan en la espalda del inocente? ¿Pero no eran sotanas?

Eso nos salva, el circo a todas horas.

-¿Por qué no te callas?

-...

 

 

11月9日

Azul de juego III

 

 

M. J. Romero y su Azul de juego (1985-2003) Tercera entrega. Textos cada vez más densos, más hondos cada vez. No termina aquí la cosa, no.

 

 

 

¿HACIA dónde se fueron los pasos

que nos devuelve el silencio?

Se callaron para siempre.

A veces, el recuerdo nubla tus ojos

y te conviertes en el rictus amargo

que no ve nadie.

 

Te ofrecería la risa de los dioses

para el olvido,

 

soy como tu sombra muerta,

vencida, aniquilada,

por el suceder lento de las horas.

 

 

 

TE regalo el color ocre

que tiñe las olas cuando se doblan,

los cuervos y los alcatraces

sobre la arena,

la luna de una madrugada imposible,

tantos días de lluvia.

Ella, olvidada,

refugiada en su fuego

por haberte encontrado.

 

Sigue jugando.

Tus manos como mariposas

en el aire.

Sigue jugando, sigue jugando.

Se rieron, se callaron y se fueron.

Sigue jugando,

sigue jugando.

 

Yo te sueño en la ventana 

oculta del olvido.

 

 

 

PUEDES abarcar los cielos azules,

porque un día te acercaste al mar

enumerando estrellas ausentes,

bajo la luz

que se cierra.

 

Recoge tu miedo en lo invisible,

en el invisible dolor

que sólo tu recuerdo reconoce,

como ella,

deshabitada y perdida

en el tiempo de una madre

que aguarda.

 

 

 

NOS han asesinado

como se asesina a la noche,

los dioses nos han traicionado

tantas veces,

tantas veces abandonado

como tu silencio,

como el clamor más allá de la muerte,

secreto sarcófago

para tu cuerpo herido.

 

El dolor te lleva

por el vacío más desesperado

que nadie puede ver,

sólo tu sueño más indecible,

tus brazos moribundos en el aire,

tus lágrimas transformadas en grito

para acompañarte,

 

entre muros que no  te pertenecen

y te hacen huir

y buscar puertas

que no existen.

 

 

 

TE harán daño

con el filo de sus palabras,

en el deseo que te arrastra más allá

de un pasado inexplicable.

Te vencerán en la sordidez

creada por ellos,      

para olvidarte.        

Todo vive en el olvido,

hasta la piel quemada por las noches.

Todo vive en el olvido,

el reflejo de una infancia

prohibida para la luz.

 

Recojo las divinidades ausentes,

como tú,

extraviado en los sueños.

 

Viajar por ciudades imaginadas

con el dolor de la risa,

la carcajada más pura

todavía no ha nacido.

 

 

 

AHORA pasea el silencio

que se hace tuyo

y la noche que te pertenece

en las palabras repetidas

de un eterno cuento.

Recorre la invisible luz

de los días perdidos,

 

las dunas se multiplican

cuando nuestro cuerpo 

no se sostiene.

 

Yo sólo vengo a ti

si quiero olvidar en este mar

donde los desahuciados nacen.

Conociste la aridez del desierto

en mi ausencia

y ya no necesitas llorar.

 

 

 

IRÉ en silencio hasta ti,

como calimas de verano

que ves siempre sobre el mar.

Cubriré tu tiempo de luz

para que reconstruyas

mis pedazos abandonados

por los caminos que crucé

y que tanto me rompieron,

hasta más allá de la muerte

que me nombra.

 

Seré como la sombra que respiras

todas las mañanas

cuando amanece y no me encuentras.

Seré tierra con la tierra y viento,

como alboroto en la quietud de la noche,

sólo para ti

como un murmullo.

 

11月6日

Riello no existe

 

 

No es fácil sentarse ante la página en blanco y en un momento pretender que ésta se llene sin más de lugares, de nombres corrientes, de cosas que se van adivinando como sin querer. Me dicen que escriba desde aquí alguna cosa, y este texto quiere ser, no un artículo, pues me doy cuenta de mi incapacidad para tal agobio, sino más bien unas líneas de escritura desmelenada, unas líneas que acerquen en lo posible al lector a este pequeño mundo que, sin lugar a dudas, es mi mundo más hermoso: Riello, Olleir a veces. Y sucede que mientras afuera sopla un viento mágico de nieve quizás un poco alta, mientras escucho a Ben Webster con su jazz somnoliento y sensual en algo, me digo esta calma de estar solo, este vaivén de voces atenazado en las voces de los niños que cambian sus tesoros en la plaza camino de la escuela. Estas pequeñas simplicidades hacen cada día que vuelva aquí a nacer de cualquier modo, que me integre de mi propio sueño, o mejor dicho, dentro de mi propio sueño. Y Riello está presente enclavado como está en una Omaña dulce, cree crecer en sus planes de obras importantes, que si los caminos asfaltados, que si las aguas traídas y llevadas, que si la limpieza de unas zonas para el asco. Pero yo prefiero hablar de otra manera, decir que los chopos están tristes, que Lalo hoy tiene unos ojos imposibles, que a las cuatro de la tarde uno piensa que harían falta más ñuberos, más niños como Jorge o Margarita, más gorriones y más vodka. Pues en la imaginación, en el ensueño, uno se muere pero se muere a gusto. Prefiero, digo, nombrar las cosas sin apenas importancia, tan acostumbrados estamos a oír aún consignas por lo bajo, objetos de vital enjundia, fraseologías que nos pueden por poder y no por trascendencia, pantanos que harán su entrada justo aquí como si fuera natural, costumbre. Ahora suena "In A Sentimental Mood” y pienso en Chelo a quien le gusta tanto, Ben Webster nos rompe a veces la boca con la melancolía que queremos que derrame. Riello, definitivamente, se ha nublado, se baña ahora del ocre de estos montes y mira para adentro, la mejor mirada para verse. Y va a llover, estoy casi seguro. Ahora que lo pienso, hace veinte años Riello era mentira, era algo muy distinto, la casa deshabitada y las eras de los juegos iniciales, había peces en cualquier arroyo, bajo cualquier puente. Es curioso recordar tan sólo los días más felices, los otros, en cambio, se van diluyendo tanto el vacío. Pero qué importa, de algún modo he de escribir este folio, haceros partícipes también de este silencio. De cualquier forma hoy ya no podré salir de casa, mientras mi madre cose blusas de colores yo aquí, sentado, dibujando poemas improbables, breves tratados acerca de la sexualidad de las termitas. Caqui seguramente me diría que Clara es buena chica, que Ramón estaba loco. Y Carlos chuenlai que me suena a siempre, que me habla de los recodos que le nacen al amor y a ella en la noche. Caqui, arañón, se me olvidaba. Todos ellos son como duendes que el afecto entibia, y como yo se rompen, naufragan en nosotros. Pero Riello que es el sujeto impreciso de esta tarde, Riello no existe. Podría decir que acaso sea el límite mejor del abandono. Todo lo demás, ya se sabe, es literatura.

 

 

 

Esta amarillenta antigualla que transcribo fue publicada en "Diario de León" el 12 de febrero de 1984. Con una errata solamente. Ha llovido mucho desde entonces y algunas de las personas nombradas aquí, por cosas de la vida unos, por cosas de la muerte otros, ya no están...

 

11月2日

Camineros...

 

 

Todavía no sé de dónde he sacado el tiempo para terminar la última corrección, pero ya está. Desde hoy, "Camineros, jícaras, verdugos" pasa a ser huésped poco destacado del cajón de inéditos. Nacido con el pretexto triste del fallecimiento de mi madre, el libro vendría a ser un ajuste de cuentas, esta vez más condensado, con la memoria, con la infancia... Con lo de siempre. Los poemas que te copio son aquellos sobre los que, presumiblemente, los demás se fueron construyendo...

 

 

4

                   Madre, 1963

 

Sobre su mandil

tendido

llueven las migas

sutiles y aciagas

de la noche.

Don Melitón

tenía tres gatos.

Yo no estaba

allí,

o sí, para saberlo.

 

 

12

                   Madre, 1965

 

Que la congoja

cumpla su promesa,

se frote las manos

en tu costado.

Las cabras

de Juan Barbero.

La escalera con ruidos

y labores,

qué podrías urdir

para quererla más.

Él no debe

de andar lejos, descubre

el cuerpo punzado,

la rudeza.

Déjame hacer tiempo,

lavar el pelo

con disgusto.

Cuando tú ya no estés.

 

 

21

                   Madre, 1967

 

Daba pena

recordarlo, la mano

que sana y que cuida

es idéntica

a la que zarandea

y castiga.

Clavelitos.

Un cielo azul

para el que calla,

en tanto ella dice

el mucho amor

de mentira.

También la besabas.

 

 

30

                   Madre, 1969

 

Tarareaba en silencio

para que el otro

escuchase.

El energúmeno,

el traidor mismamente.

En la plaza,

de día, correrá

el rumor del desnevio.

Yo vendo unos ojos

negros, quién.

Quién querrá saber

de la desesperación

ahora.

 

 

45     

                   Madre, 2006

 

Nadie más va a cantar

para adormecerse

sin ti, cuando

el dolor hace estragos

y las tardes sofocan,

dan vértigo.

Nadie más va a venir

a tu lado, deprisa,

deprisa, no sea

que el tiempo

nos desnude,

nos tire de la manga

como un dios odioso.

Solos tú y yo

condenados también

a no hablar.